Por otro lado, los administradores que asumían cargos directivos en escuelas también requerían formación en aspectos pedagógicos (pedagogía general, didácticas específicas, programación y planificación curricular, bases filosóficas y antropológicas de la educación, etc.), con el fin de comprender mejor el núcleo esencial del servicio educativo que se ofrece, que no es otro que el modelo pedagógico, y gestionarlo con mayor eficacia.
En cierta ocasión, me ofrecieron la dirección de una institución educativa privada, parte de un consorcio de escuelas. Sin embargo, detecté que sus necesidades estaban centradas en el incremento de la matrícula y el posicionamiento en el mercado. Es decir, a mi entender, necesitaban más a un administrador de carrera que a un educador con estudios de posgrado en gestión. Requerían más a un experto en marketing y promoción de ventas que a un director con enfoque pedagógico.
Le hice saber a la reclutadora que mi estilo de liderazgo está centrado en lo pedagógico. Incluso fui claro al decirle que no tenía perfil de vendedor y que ese no era el centro ni el interés de mi concepción de la gestión escolar. Esa parte de la gestión, que para ellos era prioritaria, no coincidía con mi visión. Finalmente, no llegamos a ningún acuerdo, a pesar de que en un inicio mostró mucho interés por mi trayectoria académica y profesional.
Esto me llevó a reflexionar sobre la necesidad de establecer un modelo pedagógico que debería promover en caso de fundar una institución formadora o ser convocado para dirigir alguna. Resulta, por tanto, fundamental plantearlo no solo en situaciones de liderazgo institucional, sino también al asumir el rol docente, pues es imprescindible orientar nuestra práctica en coherencia con la propuesta formativa institucional. Asimismo, si nos desempeñamos como consultores, debemos ser capaces de identificar los modelos pedagógicos que subyacen en cada institución, evaluar sus tendencias positivas y proponer, cuando corresponda, los ajustes necesarios para mejorar su calidad.
Debemos recordar que el modelo pedagógico constituye el núcleo del ofrecimiento formativo de toda institución educativa. Es, en esencia, aquello que adquirimos al matricular a nuestros hijos en una escuela o al inscribirnos en estudios técnicos, universitarios o de posgrado. Es lo que evaluamos como adecuado —o no— para la formación de nuestros hijos o para nuestra propia formación, ya en edad adulta. Así como, al adquirir un bien (un auto, un electrodoméstico, una laptop, etc.), evaluamos su diseño, prestaciones y beneficios; o al acceder a un servicio valoramos la calidad del plato de comida en un restaurante, el corte o el teñido del cabello en una peluquería, del mismo modo deberíamos considerar críticamente el modelo pedagógico de la institución educativa por la que optamos. A ello se suman otros factores —infraestructura, equipamiento, calidad docente, currículo, entre otros— que, si bien relevantes, son elementos complementarios que apoyan la implementación del modelo pedagógico ofrecido.
Pues bien, el modelo pedagógico que me propuse —y que ahora comparto— como base para la eventual fundación de una institución educativa, o para asumir la dirección de una ya existente, contempla los siguientes principios:
- Centrado
en el estudiante: Las actividades deben responder a los intereses,
necesidades y características de los estudiantes. La instrucción debe ser
flexible y adaptarse a sus biografías cognitivas, así como a su desarrollo
socioemocional y afectivo, permitiendo que dominen con calidad las tareas
asignadas e interactúen socialmente de manera armónica. Es crucial valorar
lo que el estudiante ya sabe, su experiencia y potencial formativo.
- Aprendizaje
a partir de proyectos y problemas reales: Las situaciones de enseñanza
deben estar vinculadas al mundo social y laboral, favoreciendo la
integración, la participación y el desarrollo sociopersonal y profesional.
La situación problemática debe constituirse en el núcleo motivacional y
temático que movilice saberes desde un enfoque también crítico.
- Orientado
a la acción: El aprendizaje debe propiciar la autonomía mediante la
ejecución de acciones concretas que promuevan el desarrollo de
competencias, de modo que el conocimiento no sea abstracto, sino una
herramienta útil para enfrentar situaciones reales, tanto programadas como
contingentes.
- Orientado
al desarrollo del pensamiento crítico: Debe fomentar la formación de
sujetos reflexivos, capaces de analizar, argumentar y cuestionar
constructivamente la información y los discursos que circulan en la
sociedad. No se trata de cultivar una desconfianza permanente ni de caer
en el escepticismo estéril, sino de desarrollar una actitud prudente,
rigurosa y perspicaz frente al conocimiento, a las decisiones y a los
juicios morales. La criticidad es clave para la autonomía personal, la
participación ciudadana y la toma de decisiones éticas en contextos
complejos.
- Orientado
al producto y al proceso: Debe orientarse tanto a la generación de
productos socialmente relevantes como a la transformación integral del
estudiante a lo largo del proceso formativo, (Perrenoud, 1999). Es decir,
tanto el resultado como el modo en que este se alcanza deben tener un
sentido social, contribuyendo al desarrollo sociopersonal del estudiante y
a la construcción de una identidad ciudadana positiva y comprometida.
- Aprendizaje
integral: Debe favorecer el desarrollo equilibrado de los cuatro
pilares de la educación: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a
vivir juntos y aprender a ser. Esto se traduce en el fortalecimiento de
competencias sociales, técnicas, profesionales y metodológicas.
- Autoorganización
colectiva: El modelo debe fomentar la capacidad de planificar,
ejecutar y evaluar procesos en forma colaborativa, lo que implica aprender
a trabajar en equipo, asumir responsabilidades compartidas y organizar la
acción colectiva con sentido formativo.
- Interdisciplinariedad:
Se privilegia la integración de saberes y áreas del conocimiento,
fomentando una comprensión holística de los fenómenos y promoviendo una
práctica pedagógica abierta, articulada y contextualizada.
- Compromiso ético-moral: Todo modelo pedagógico debe partir de una concepción ética del ser humano, que valore la justicia, el respeto, la solidaridad y la responsabilidad como principios fundamentales del convivir democrático. La formación del carácter moral es una tarea indesligable de toda institución educativa.
Este modelo propuesto apunta a formar estudiantes autónomos y responsables, capaces de tomar decisiones en función de sus condiciones vitales y de aprovechar los distintos escenarios de aprendizaje, tanto dentro como fuera del aula, así como en los distintos niveles educativos. Se apoya en la participación activa, en el trabajo con experiencias significativas, y en la naturaleza formativa de las tareas.
En relación con la forma planificada en que debe aterrizar la implementación de este modelo en el aula, se propone una secuencia didáctica organizada en cuatro grandes momentos, de la siguiente manera. No sin antes recordar que las secuencias didácticas no son sino reflexiones anticipadoras que justifican y comprenden la amplitud de la práctica educadora y las decisiones transformadoras que estamos dispuestos a asumir como docentes, (Perrenoud, 2001).
1.- Inicio
•
Motivación inicial (actividades que activen el
interés y disposición del estudiante)
•
Comunicación de logros de aprendizaje (claridad
sobre los objetivos y su utilidad)
• Recuperación de saberes previos (exploración de conocimientos anteriores relevantes al tema)
2.- Desarrollo
•
Exposición guiada (presentación de contenidos
por parte del docente, se debe apoyar en recursos digitales, visuales y audiovisuales
u otros materiales)
•
Actividades prácticas (uso de materiales prácticos,
exploración o experimentación guiada, trabajo colaborativo)
•
Acompañamiento y retroalimentación oportuna
• Estrategias diversificadas que permitan un desarrollo pertinente de la clase
3.- Aplicación de los aprendizajes
•
Actividad de comprobación (resolución de tareas
significativas diversas en un tiempo adecuado)
•
Verificación y evaluación formativa de los
aprendizajes
• Retroalimentación (ajustes, sugerencias y reconocimientos)
4. Cierre de la sesión
•
Construcción colectiva de conclusiones (síntesis
y afianzamiento de ideas clave)
• Tareas de profundización o refuerzo
Conviene terminar la exposición de esta propuesta general, (sus principios generales y aplicación planificada a nivel de aula) señalando que los modelos pedagógicos son la pieza clave, el diseño y la propuesta esencial del servicio educativo. Son, en definitiva, lo que el estudiante adquiere al pasar por una institución formativa y lo que debe evaluarse antes, durante y después de dicha experiencia.
Incluso más que los contenidos disciplinares, es el modelo pedagógico el que predice el éxito del proceso formativo. Uno no se educa solo para saber, sino para aprender a aprender, para desarrollar competencias que le permitan adaptarse, transformar y actuar en contextos cambiantes. El aprendizaje no concluye; por eso, el cómo aprendemos es tan o más importante que el qué. A eso deben contribuir los modelos pedagógicos.
Estos modelos deben ser activos, flexibles, orientados al hacer y al reconocimiento de los problemas reales de la vida personal, social y profesional. Deben ser multidisciplinarios e interdisciplinarios, promoviendo el trabajo colaborativo, la reflexión crítica, el juicio ético y el comportamiento moral del ciudadano contemporáneo.
La dirección escolar, sin duda, debe gestionar de manera
eficiente e integral todos los factores que inciden en el éxito educativo. Pero
nunca debe descuidar su núcleo central: el componente pedagógico. Diversas
investigaciones respaldan que el liderazgo pedagógico es el estilo de liderazgo
que mayor efectividad ha demostrado en la gestión y dirección de instituciones
educativas, (Robles, 2018; Leithwood, 2009). No se trata de centrar la gestión
en el incremento de matrículas o en el marketing institucional, sino de
garantizar el logro efectivo de los aprendizajes, el desarrollo de competencias
y la formación integral de los estudiantes, todo ello sustentado en un modelo
pedagógico pertinente y coherente con los grandes fines educativos de nuestra
sociedad (Bolívar, 2010). Será precisamente el cumplimiento de estos objetivos
lo que posicionará a la institución como exitosa ante la comunidad. El
reconocimiento y legitimidad social —reflejado en la valoración de sus estudiantes y
egresados como ciudadanos productivos, éticos y comprometidos— generará de
forma natural una mayor demanda de matrícula, fortaleciendo así su reputación y
proyección, sin dejar de lado el apoyo del marketing y las estrategias
comunicacionales, pero sin depender exclusivamente de ellas.
Erick Robles Moran
Junio, 2025
Referencias
Bolívar,
Antonio. (2010). El Liderazgo Educativo y su Papel en la Mejora: Una Revisión
Actual de sus Posibilidades y Limitaciones. Psicoperspectivas, 9(2),
9-33. https://dx.doi.org/10.5027/psicoperspectivas-Vol9-Issue2-fulltext-112
Leithwood,
K. (2009). ¿Cómo liderar nuestras escuelas? Aportes desde la investigación. Educación
Fundación Chile. https://directivos.minedu.gob.pe/wp-content/uploads/2021/01/C%C3%B3mo-liderar-nuestras-escuelas.pdf
Perrenoud, P. (1999). La
formación de competencias en la escuela. Barcelona: Graó.
Perrenoud,
P. (2001). Diez nuevas competencias para enseñar. Graó.
Robles, C.
(2018). Liderazgo pedagógico del director y su relación con el
rendimiento académico de los estudiantes en la institución educativa privada La
Inmaculada del distrito de San Martín de Porras, 2017 [Tesis de
maestría, Universidad Tecnológica del Perú]. Repositorio UTP. https://repositorio.utp.edu.pe/handle/20.500.12867/1307

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