viernes, 1 de mayo de 2026

Cuando hablar de frente no es posible: Una reflexión sobre el raje

INTRODUCCIÓN

Hablar a espaldas de otros es una de esas prácticas que todos condenan en público y casi todos ejercen en privado. Se la nombra con distintos términos —murmuración, chisme, maleteo—, pero adopta una forma particularmente cruda en el raje. Denigratoria, incómoda y corrosiva, esta práctica suele ser presentada como una falla moral o como una patología de la convivencia, incluso como un “necesario” desfogue social de aquello que la vida en común nos impide decir de frente.

Quizá el raje no ennoblezca, pero funciona como válvula de escape, como descarga simbólica que permite aliviar tensiones, sostener “ficciones de cordialidad” (Goffman, 1997) y hacer viable la vida cotidiana, que, sin esa catarsis clandestina, resultaría prácticamente imposible.

No obstante, su persistencia en los vínculos sociales, tanto personales como organizacionales, obliga a formular una pregunta menos tranquilizadora: ¿y si el raje no fuera solo un vicio moral, sino también un síntoma de la impotencia comunicativa, del fracaso de la crítica directa y de las asimetrías de poder que atraviesan nuestras interacciones sociales?

 

David Fishman, en su artículo El poder de la palabra (2000), adopta una visión marcadamente moral respecto del raje —entendido como hablar mal a espaldas de los compañeros de trabajo—. Su interés no es meramente ético en abstracto, sino práctico: desvelar cómo el raje afecta negativamente las dinámicas sociales dentro de las organizaciones empresariales, deteriorando su cohesión interna y productividad.

Para Fishman, hablar a espaldas de otros constituye un verdadero “cáncer organizacional”, pues genera desconfianza, fragmenta los vínculos y menoscaba la cohesión institucional al dividir ilusoriamente a las personas entre “buenos” y “malos”. Esta dinámica hace improbable una comunicación transparente y directa, debilita la coordinación interna y favorece la formación de bandos, instalando un clima negativo que entorpece la toma de decisiones y reduce la capacidad de respuesta de la organización frente a un entorno de creciente exigencia competitiva. En este contexto, en lugar de orientar los esfuerzos hacia el exterior, los colaboradores terminan pugnando entre sí, poniendo en riesgo el crecimiento de la empresa y dejándola en desventaja frente a sus competidores.

Fishman ilustra este fenómeno con un ejemplo concreto: un gerente que, ante una situación de crisis, se burla de la supuesta incapacidad de otro gerente, enumera sus errores y cuestiona su idoneidad profesional. En este caso, no hay una búsqueda genuina de mejora ni de resolución de problemas; lo que hay es un intento de descalificación que responde —según Fishman— a un ego desmesurado que necesita afirmarse disminuyendo al otro, pues el ego constituye, para él, la causa principal del raje.

Como respuesta, propone fomentar reglas claras de comunicación: mantener las “cartas abiertas”, evitar confrontaciones impulsivas y aprender a ponerle un “seguro a la boca”, es decir, pensar antes de hablar y hacerse responsable de lo que se dice.

 

Ahora bien, mientras Fishman adopta una postura normativa y prescriptiva orientada a la mejora de las organizaciones empresariales, Marco Aurelio Denegri se sitúa en un registro distinto. Su aproximación es fundamentalmente social-antropológica de carácter descriptiva. Para Denegri, el raje es una práctica propia del ser humano y de la vida social. No necesariamente eficiente ni moralmente deseable, pero sí funcional para la continuidad práctica de la convivencia.

Denegri (2013, 2015) reconoce que el raje deviene de la maledicencia y suele tener como finalidad desacreditar al otro. Al mismo tiempo, sostiene que rajar constituye una práctica social universal: todos, en algún momento, han hablado mal de alguien —familiares, colegas o compañeros de estudio—. Aunque esta conducta pueda generar conflictos, forma parte de la experiencia social ordinaria.

El fenecido intelectual peruano establece un parentesco conceptual entre la murmuración, el chisme, la maledicencia y el raje, en tanto todas implican hablar negativamente del prójimo con el propósito de desacreditarlo o agraviarlo. No obstante, subraya una diferencia crucial: el raje posee una intensidad y una violencia simbólica superiores. Etimológicamente, “rajar” significa hender un leño y partirlo en rajas. “De allí que esta práctica sea, por definición, hiriente y vulnerativa. A diferencia del chisme o la murmuración —molestos e incomodantes—, el raje tiene una potencia denigrativa y pulverizante que los otros no alcanzan.”

Lo más provocador de la postura de Denegri es su afirmación de que el raje es “necesario”. No porque sea virtuoso, sino porque “permite expresar aquello que las convenciones sociales reprimen”. “Si la franqueza absoluta fuera socialmente permitida —sostiene—, viviríamos en permanente conflicto, en una querella interminable.” Desde esta perspectiva, esta práctica opera como una válvula de escape —un mecanismo de desahogo frente a las restricciones de la vida social— que, en determinados contextos, deja de ser ocasional y puede volverse insistente, incluso sistemática.

 


A mi juicio, y como parte de una tercera lectura del raje, esta práctica debe comprenderse, en primer lugar, como síntoma y no como causa. Más que el origen del conflicto en el plano de las relaciones personales y sociales, el raje suele operar como un indicador de fallas estructurales localizables —esto es, de problemas específicos en las condiciones en que se desenvuelven las interacciones sociales y sus formas de comunicación—. Tales fallas se expresan, por ejemplo, en climas relacionales rígidos y asimétricos, en la ausencia de canales legítimos para el disenso, en culturas relacionales reactivas y punitivas, o en déficits persistentes de habilidades de diálogo, escucha y regulación emocional que, en contextos óptimos, deberían sostener una comunicación interpersonal y social saludable. En este sentido, el raje no produce el problema: lo delata. Este énfasis en las condiciones estructurales del conflicto y su función en la reproducción del lazo social resulta consistente con la lectura de Georg Simmel (2010), para quien las tensiones y antagonismos no constituyen una anomalía del orden social, sino una dimensión constitutiva de su funcionamiento. Para Simmel, el conflicto no destruye necesariamente la sociedad, sino que contribuye a producirla y sostenerla al canalizar tensiones que, de otro modo, podrían romper el vínculo social. Así pues, el conflicto no es una disfunción, sino una forma específica de socialización que, lejos de disolver el lazo, puede estabilizarlo.

Considerando esta clave interpretativa, el raje ha de entenderse como un equivalente funcional del conflicto en contextos donde la confrontación directa resulta inviable o contraproducente. Se trata de una forma de proceder específica ante desacuerdos que, por las características de los interlocutores o del contexto, no pueden canalizarse a través del conflicto abierto y directo. De este modo, el raje no elimina la tensión, sino que la desplaza y la reformula ante el temor de una posible ruptura del vínculo, evitando así la confrontación.

Todo ello crea las condiciones para que el raje emerja como vía de desahogo o como estrategia indirecta para gestionar los conflictos interpersonales, orientada a impedir el colapso o quiebre de los vínculos sociales. No obstante, este proceso no es unidireccional. A mediano y largo plazo, los patrones interactivos asociados al raje tienden a reproducir y estabilizar las mismas deficiencias de fondo que les dieron origen. La estructura social que propicia el raje termina, paradójicamente, siendo estabilizada por él. No porque se trate de una estructura intrínsecamente fallida, sino porque las fallas específicas que la atraviesan encuentran en el raje un mecanismo de desahogo que, al no resolverlas, contribuye a su persistencia. Se configura así una dinámica de retroalimentación entre estructura y práctica, un bucle social en el que el síntoma termina contribuyendo a la persistencia del malestar que denuncia.

Desde esta perspectiva, concebir el raje como síntoma —y no como causa moral o psicológica— ofrece un punto de partida analítico clave para identificar carencias y distorsiones en el entramado social y en las interacciones cara a cara. Esto permite pensar correcciones acotadas que promuevan formas de comunicación más abiertas, directas y sostenibles, y hagan frente al raje atendiendo esas fallas específicas para una mejor interacción y comunicación social, tanto en el plano sistémico como en la vida cotidiana.


Segunda variante: el raje como respuesta a la asimetría de poder (nivel meso)

Una segunda variante de esta tercera lectura interpretativa se sitúa en el plano meso-social, allí donde las relaciones de poder introducen asimetrías comunicativas decisivas. No es lo mismo rajar "hacia arriba" que hacerlo entre pares o “hacia abajo”. En contextos jerárquicos, tal práctica de desahogo suele convertirse en un lenguaje indirecto propio de los subordinados cuando la comunicación —sobre todo la de carácter crítico, frontal o no— es desalentada, ridiculizada o sancionada. En estos escenarios, el raje no responde tanto a la maledicencia como a la falta de condiciones mínimas de legitimidad o seguridad para hablar.

Esta dinámica puede leerse a la luz de los planteamientos de Michel Foucault (2020), quien mostró que el discurso no circula libremente, sino que está regulado por relaciones de poder que determinan quién puede hablar, cuándo y bajo qué condiciones. No todo el mundo tiene la posibilidad de decirlo todo: el poder produce silencios, inhibiciones y desplazamientos del decir (Fair, 2010; Rojas Osorio, 2016). Así pues, bajo este marco interpretativo, el raje puede comprenderse como un discurso subalterno, una forma de expresión condicionada que emerge cuando la palabra directa es —o corre el riesgo de ser— penalizada. En este sentido, el raje aparece menos como un fallo individual o un vicio moral y más como un efecto derivado de relaciones políticas e institucionales asimétricas. No se trata, por tanto, de libre expresión, sino de una expresión modulada por condiciones desiguales de enunciación.


Tercera variante: el raje en las interacciones personales (nivel micro)

En una tercera variante de lectura, situada en el nivel micro-social, es decir, en el ámbito de las interacciones cotidianas entre iguales —familiares, amistades y espacios formativos, entre otros—, el raje no siempre se origina en el deseo de desprestigiar al otro. Puede surgir, más bien, de la impotencia frente a interlocutores poco abiertos a la crítica, cerrados al cuestionamiento de sus ideas, acciones o actitudes. Decir las cosas de manera directa, aun cuando medien razones válidas, puede provocar reacciones desproporcionadas: enojo, hostilidad o incluso la ruptura del vínculo. Así pues, cuando la crítica honesta es recibida como agresión, quienes buscan expresarse retroceden, callan y evitan exponerse a mayores conflictos. Es entonces cuando ese silencio busca, inevitablemente, una salida.

En este sentido, el raje puede entenderse como una modalidad informal y pragmática de evitación del conflicto, orientada a eludir y/o sortear su expresión abierta y los riesgos relacionales que una gestión inadecuada del conflicto puede conllevar. No porque sea ideal ni moralmente defendible, sino porque, en determinados contextos, permite hacer más habitable el mundo social. Decirse todas las “verdades” en todo momento no nos haría más auténticos, sino —probablemente— más enemigos, como ya señalaba Denegri desde su perspectiva.

Esta tercera variante interpretativa que venimos desarrollando converge, en el plano relacional de la interacción cotidiana, con los planteamientos de Erving Goffman (1997), quien concibe la vida social como una forma de representación regulada, sostenida por el manejo de una fachada, el control expresivo y la preservación de una definición compartida de la situación que permita la convivencia ordinaria sin fricciones constantes. Así pues, bajo este marco, el raje puede entenderse como una estrategia informal de regulación del vínculo cuando la confrontación directa amenaza la estabilidad de la relación.

Si consideramos lo planteado por Goffman, el raje podemos sitúarlo en lo que el autor denomina el backstage: el espacio en el que habitan la queja, la crítica indirecta y el desfogue de la interacción conflictuada. Se trata de un ámbito relacional informal donde se suspenden momentáneamente las exigencias del frontstage, entendido como el espacio social en el que se manifiestan la cortesía, la contención emocional y la presentación socialmente aceptable del yo. De ahí que, lejos de constituir un simple acto de maledicencia, el raje cumple aquí una función reguladora: permite tramitar tensiones que no pueden expresarse abiertamente sin poner en riesgo la estabilidad del vínculo o la continuidad de la interacción.

Es por ello por lo que el raje opera como un mecanismo informal que contribuye a sostener las ficciones de cordialidad propias de la vida social cotidiana. No busca necesariamente deslegitimar al otro ni romper la relación, sino preservar la escena interaccional —al menos en el ámbito público—, evitando que el conflicto irrumpa de manera frontal y desestabilice la definición compartida de la situación. En tal sentido, el raje aparece con una primera dimensión pragmática, es decir, como una estrategia de gestión del vínculo: una forma indirecta de decir lo indecible cuando las condiciones interaccionales hacen inviable la confrontación directa.

Así pues, una vez descrita esta tercera lectura acerca del raje y sus variantes, podemos apreciar el panorama general de estos tres enfoques y diferenciarlos con mayor claridad. Mientras que la propuesta de David Fishman se sitúa en un nivel normativo-organizacional, orientado a cómo debería estructurarse la comunicación para favorecer la cohesión y la productividad en el ámbito empresarial, el enfoque de Marco Aurelio Denegri se inscribe en un nivel descriptivo-antropológico, interesado en cómo se manifiesta efectivamente la conducta humana en su desenvolvimiento social. En tanto, la tercera lectura aquí propuesta se sitúa en un nivel psicosocial y funcional-pragmático, centrado en las interacciones y en sus condiciones estructurales, atento a lo que ocurre cuando la comunicación directa fracasa o resulta inviable. En consecuencia, estas perspectivas no se contradicen: se ubican en planos analíticos distintos y abordan dimensiones diferentes de un mismo fenómeno.

 

ARTICULACIÓN DEL ENFOQUE: PSICOSOCIAL, FUNCIONAL-PRAGMÁTICO Y PERSPECTIVA RELACIONAL-DIALÉCTICA

El conjunto de variantes que componen esta tercera lectura acerca del raje no constituye una simple extensión de la propuesta de Marco Aurelio Denegri ni una adopción con matices del enfoque asumido por David Fishman. Se trata, más bien, de un enfoque psicosocial, funcional-pragmático, cuya metodología analítica se despliega mediante una perspectiva relacional-dialéctica que permite comprender el raje no como un fenómeno aislado, sino como producto y productor de dinámicas sociales en múltiples niveles. Desde este enfoque y metodología, se explica el origen del raje no en el ego o la maledicencia personal, sino como un síntoma de déficits en las estructuras de interacción social que se manifiestan en el plano comunicativo a todo nivel, y a partir de lo cual es posible pensar —al menos teóricamente— en su superación real y no meramente en el plano normativo ideal.

Esta lectura reconoce, además, que el raje también opera en los entornos atravesados por relaciones sociales asimétricas, que organizan el entramado social, y en el seno de las relaciones personales cotidianas. Asimismo, el raje se concibe como una reacción que expresa impotencia comunicativa ante la imposibilidad práctica de hacer comprender, cuestionar o modificar determinadas conductas, ideas o actitudes. Y ante el riesgo de que ello derive en un conflicto abierto que ponga en peligro la preservación del vínculo social, se opta por evitar la confrontación directa y tramitar el malestar de manera indirecta.

Así pues, el raje se presenta con esta segunda dimensión pragmática, como una estrategia de evitación del conflicto abierto y del riesgo de ruptura del vínculo social: una respuesta situada, informal, indirecta y socialmente regulada para la gestión de tensiones.

Además de ello, lejos de agotarse en una lectura moral, esta aproximación permite comprenderlo como un fenómeno complejo que, arraigado en fallas en las estructuras de interacción social y comunicativas, se reproduce en las relaciones asimétricas políticas e institucionales a nivel meso y en el desenvolvimiento cotidiano de los sujetos en el nivel micro, lo que termina por reforzar los mismos climas deficitarios que le dan origen. Es decir, una suerte de círculo vicioso, un bucle social, donde lo que se reproduce es un patrón relacional que vuelve innecesario —y a veces imposible— el diálogo directo. El flujo de ese círculo vicioso —aunque no en un sentido moral, donde habría que señalar culpables— sería el siguiente: las fallas en la estructura de interacción social y comunicativa generan y refuerzan relaciones asimétricas; esas asimetrías, a su vez, condicionan que, en el plano micro, las personas opten por el raje como estrategia de evitación antes que por la gestión del conflicto abierto, para finalmente reproducir y reforzar dichas fallas en la estructura de interacción social y comunicativa.

Por tanto, el análisis aquí propuesto adopta un carácter relacional y dialéctico, pues comprende el fenómeno del raje a partir de la causalidad predominante que opera en las fallas en las estructuras de la interacción de la vida social, en las relaciones asimétricas signadas por dinámicas de poder y en las relaciones personales; esto es, en las condiciones que abonan a la práctica del raje. Así pues, el raje se constituye en un síntoma. Asimismo, tiene un efecto de retorno que opera transversalmente en las interacciones sociales, las cuales normalizan y refuerzan las relaciones asimétricas y las fallas a nivel estructural.

De este modo, el raje no nace "desde abajo" como pura iniciativa individual, ni se agota "desde arriba" como mero efecto mecánico de la estructura; por el contrario, atraviesa y retroalimenta permanentemente el conjunto del entramado social.

Esta propuesta, además, se distancia de una concepción que suponga un psicologismo, es decir, que el problema se atribuya únicamente a las personas que rajan, a su falta de valores o de habilidades, más aún si se considera que las condiciones estructurales y de poder hacen del raje una práctica socialmente previsible, aunque no por ello justificable. Asimismo, como hemos visto, en estos casos el raje es también una respuesta adaptativa a contextos fallidos, y no un mero vicio individual.

Del mismo modo, esta perspectiva se distancia de una posición que suponga un determinismo estructural, como, por ejemplo, pensar que el raje es un puro efecto del sistema y que los sujetos son víctimas pasivas. Y esto no es así, puesto que existe la capacidad de las prácticas cotidianas para perpetuar o transformar las estructuras. Además, el raje, aunque originado en las fallas en las estructuras de interacción social, no solo constituye un síntoma de estas, sino que, una vez puesto en curso, se convierte en un mecanismo que opera activamente en la reproducción de las condiciones que lo hicieron posible.

Desde este marco analítico, resulta pertinente revisar los posibles errores de interpretación que pueden derivarse de una lectura descontextualizada de los planteamientos de Denegri y Fishman sobre el raje, errores que no se originan en sus propuestas, sino en lecturas que prescinden de los horizontes desde los cuales fueron formuladas. En este sentido, el interés no es cuestionar dichas propuestas, sino advertir los desplazamientos o reducciones conceptuales que pueden producirse cuando no se consideran adecuadamente sus respectivos marcos de referencia. Por ello, la tercera lectura aquí desarrollada no invalida las posturas de Marco Aurelio Denegri ni de David Fishman, sino que dialoga con estas desde un plano analítico distinto, ampliando el campo de comprensión del fenómeno.

 

Uno de los errores interpretativos más frecuentes antes referidos consiste en leer a Denegri como si ofreciera una justificación moral del raje. Tal lectura resulta impropia. Denegri no construye una apología ética de esta práctica: cuando afirma que el raje es “necesario”, no está diciendo que sea bueno, deseable o moralmente defendible. En su planteamiento, lo “necesario” posee un sentido funcional y descriptivo, no normativo. Denegri se limita a dar cuenta de lo que ocurre efectivamente en la vida social; no prescribe lo que debería hacerse ni legitima moralmente el raje, sino que lo examina como un mecanismo recurrente de descarga propio de la convivencia humana. Su posición es, en este sentido, estrictamente analítica, incluso incómoda para la moral convencional.

Ahora bien, aunque Denegri no lo formule de manera explícita ni se apoye en este marco teórico, su lectura del raje puede ser interpretada analíticamente como un mecanismo que opera en lo que Erving Goffman (1997) ha denominado “ficciones de cordialidad”, es decir, una forma de hipocresía social que se articula con aquellas dinámicas relacionales que hacen posible la interacción cotidiana sin conflicto permanente. Es común que, en la vida social ordinaria, los vínculos se sostengan sobre un delicado equilibrio entre lo que se dice, lo que se calla y lo que se desplaza hacia espacios informales de expresión, es decir, de dinámicas de representación y manejo de la fachada en la vida social (Rizo García, 2011). Ese registro (el raje) aparece como una válvula indirecta que permite sostener una convivencia relativamente estable.

Como se ha señalado líneas arriba, el análisis del raje se enriquece al traer a colación los aportes de Goffman, quien sitúa el raje en el backstage, una suerte de región trasera, tras bambalinas, de la vida social, un plano invisible a la interacción pública. Esta región se opone al frontstage, espacio que exige autocontrol, cortesía y coherencia expresiva. Así pues, en el backstage —espacio donde opera el raje— emerge el desfogue, el desahogo sin que ello implique necesariamente la ruptura del vínculo ni la deslegitimación pública del otro. Así entendido, el raje cumple una función reguladora: contribuye a preservar la escena interaccional, preservando la apariencia de armonía al permitir que el conflicto se tramite entre bastidores.

Por otra parte, el error interpretativo frecuentemente atribuido a David Fishman consiste en asumir que su propuesta normativo-organizacional sobre el raje ofrece una explicación suficiente y exhaustiva del fenómeno. Tal lectura pasa por alto que Fishman no pretende desarrollar una teoría sociológica o psicosocial de la comunicación informal, sino proponer criterios éticos y reglas prácticas orientadas a la mejora de la convivencia y la productividad en contextos organizacionales específicos. Fishman se apoya en una confianza considerable en que la corrección moral y la regulación normativa bastan para resolver prácticas socialmente arraigadas. Parte de un supuesto fuerte: si se establecen reglas claras, se fomenta la comunicación transparente y se promueve el autocontrol del habla, el raje debería desaparecer o, al menos, reducirse de manera significativa. En el plano organizacional al que se dirige, su planteamiento resulta coherente y razonable.

No obstante, cuando su propuesta es extrapolada más allá de ese nivel normativo y se la asume como diagnóstico integral del raje en cualquier ámbito social, emergen ciertos límites analíticos importantes que pueden dar lugar a la impresión de una ingenuidad ética, no atribuible al autor en sí, sino al uso indebido de su enfoque normativo en contextos para los cuales no fue concebido. Es precisamente a partir de la tercera lectura del raje aquí planteada —de carácter psicosocial interaccional y funcional pragmático— que tales límites se vuelven visibles.

En esta tercera perspectiva, el raje no debe comprenderse únicamente como una desviación ética, un efecto del ego o una conducta disfuncional que deba ser corregida. Reducirlo a una patología organizacional —expresada en la metáfora del “cáncer” que debe ser extirpado— implica el riesgo de dejar de lado preguntas fundamentales: ¿qué condiciones sociales, comunicativas y relacionales hacen que el raje emerja y se reproduzca? ¿Qué tensiones no dichas, qué conflictos evitados y qué asimetrías está gestionando de manera indirecta?

Así pues, la posible ingenuidad ética que podría atribuírsele a Fishman, a partir de ciertas lecturas erróneas, radica en su confianza excesiva en la capacidad de las normas para regular prácticas comunicativas que se desarrollan en interacciones psicosociales complejas y en entramados sociales igualmente complejos, los cuales exceden una regulación normativa lineal. Más aún cuando nuestra tercera lectura acerca del raje problematiza los tres supuestos implícitos del enfoque normativo de Fishman. En primer lugar, el supuesto de la transparencia comunicativa posible: se presume que la comunicación directa y honesta es siempre una opción viable, cuando en numerosos contextos no lo es, especialmente allí donde existen personalidades defensivas, jerarquías rígidas o sanciones simbólicas frente a la crítica. En segundo lugar, el supuesto de simetría moral: se considera a los actores como si todos dispusieran del mismo margen para hablar y disentir, ignorando que no todos pueden decir lo mismo sin pagar el mismo costo, sobre todo en contextos institucionales desiguales. En tercer lugar, el supuesto de autocontrol racional: la exhortación a “ponerle seguro a la boca” presupone sujetos con alto control emocional y contextos comunicativos favorables, lo que, desde la psicología social, constituye más un ideal normativo que una condición empírica generalizada.

En suma, en Fishman no hay un error ético propiamente dicho, sino una confianza normativa legítima, adecuada a los contextos organizacionales que analiza, pero insuficiente cuando se la pretende convertir en una explicación total de prácticas profundamente arraigadas en la dinámica social cotidiana y transversal a todos los ámbitos.

De allí que la tercera lectura acerca del raje aquí desarrollada no se limita ni a describir ni a prescribir: explica. Explica por qué el raje emerge, qué condiciones sociales y comunicativas lo hacen pragmáticamente comprensible y qué función cumple cuando la confrontación directa resulta inviable, concibiéndolo simultáneamente como síntoma de fallas en las estructuras de interacción social y comunicativa, y como una estrategia relacional que, una vez activada, contribuye a reproducir y reforzar dichas fallas, antes que como una falta moral o una patología individual.

 

Ahora bien, refirámonos nuevamente a las propuestas teóricas que hemos traído a colación para dar mayor sustento a nuestra tercera lectura del raje. Consideradas en conjunto, las contribuciones de Georg Simmel, Erving Goffman y Michel Foucault permiten articular un marco hermenéutico desde el cual esta propuesta se afianza analíticamente. No se trata de que estos autores hayan reflexionado de manera directa sobre el raje, sino de que sus categorías —dispuestas en una progresión que va desde lo estructural hasta lo micro-social— permiten iluminar distintas dimensiones de este fenómeno cotidiano.

Considerando la perspectiva de Georg Simmel, el raje puede entenderse, por analogía, como una modalidad indirecta de tramitación del conflicto que, lejos de disolver el vínculo social, canaliza tensiones y contribuye a evitar su ruptura abierta. En diálogo con la gramática interaccional propuesta por Erving Goffman, el raje se vuelve inteligible como una práctica propia del backstage, que contribuye a sostener la escena pública de la cordialidad y permite que la interacción continúe sin que el conflicto irrumpa de manera frontal. Por último, a la luz de Michel Foucault, el raje se lee como un discurso condicionado por relaciones de poder: una forma de expresión desplazada que emerge allí donde la palabra directa podría resultar sancionada, deslegitimada o riesgosa.

En esta triangulación, el raje deja de aparecer como un simple desliz moral o una patología comunicativa y se vuelve comprensible como una respuesta situada: una forma informal, indirecta y socialmente regulada de tramitar el conflicto, desplazándolo cuando las condiciones interaccionales, simbólicas o jerárquicas impiden decir de frente lo que se piensa, y evitando, al mismo tiempo, la ruptura del vínculo. Así, estas perspectivas no se superponen, se contradicen ni son excluyentes; por el contrario, se articulan en un recorrido analítico que distingue tres planos complementarios: un plano estructural, en el que el conflicto no aparece como una anomalía, sino como una forma constitutiva de la socialización y del vínculo social —en Georg Simmel—, desde donde el raje puede entenderse como una forma indirecta de tramitar tensiones que, al desplazar el conflicto en lugar de resolverlo, tiende a reproducir las fallas comunicativas que le dieron origen; un plano institucional y asimétrico, donde las condiciones del decir están reguladas por relaciones de poder y no todos pueden hablar ni ser escuchados del mismo modo —en Michel Foucault—; y un plano interaccional y situacional, propio de la vida cotidiana, en el que la gestión de la fachada, el desfogue y la evitación de la confrontación directa permiten sostener la convivencia —en Erving Goffman—. De este modo, es posible abordar distintas capas de un mismo fenómeno y reforzar la idea de que el raje no debe entenderse al margen de las estructuras de interacción, poder y socialización que hacen posible su emergencia.

 

El análisis del raje, abordado desde estas tres lecturas complementarias (Fishman, Denegri y la tercera lectura propuesta, que se apoya a su vez en Simmel, Goffman y Foucault), permite comprender la complejidad de una práctica cotidiana que no debe ser reducida ni a vicio moral ni a práctica inevitable de la vida social. La perspectiva normativo-organizacional, representada por David Fishman, enfatiza los efectos corrosivos del raje sobre la cohesión, la confianza y la productividad, proponiendo reglas éticas y comunicativas orientadas a su erradicación o control. La lectura descriptivo-antropológica, desarrollada por Marco Aurelio Denegri, suspende el juicio moral y sitúa el raje como una práctica social recurrente y funcional, ligada a la necesidad humana de desahogo frente a las restricciones propias de la convivencia.

La tercera lectura analítica propuesta en este artículo no contradice a las dos anteriores, pero desplaza el foco hacia el plano psicosocial-interaccional y funcional pragmático. Situada en esta perspectiva, el raje aparece no solo como desahogo maledicente ni exclusivamente como desviación ética, sino como una respuesta indirecta a situaciones de fracaso de la comunicación directa, asimetría de poder y/o impotencia comunicativa. Cuando decir las cosas de frente implica costos relacionales elevados —hostilidad, sanción simbólica, deterioro del vínculo—, el raje emerge como una estrategia de evitación del conflicto abierto y de gestión del vínculo: una respuesta situada, informal, indirecta y socialmente regulada que permite, por un lado, decir indirectamente lo que no puede expresarse de frente y, por otro, evitar la ruptura del vínculo, administrando así tensiones de manera pragmática. Sin embargo, esta misma función adaptativa lo convierte también en un síntoma de fallas estructurales en la comunicación y, al mismo tiempo, en un mecanismo que contribuye a reproducirlas y reforzarlas. El sujeto que raja no es un mero portador pasivo de dichas fallas: actúa estratégicamente dentro de un campo de restricciones, eligiendo el deslizamiento discursivo como forma de decir sin exponerse, de aliviar tensiones sin confrontar y de preservar su posición relacional. De este modo, al desplazar el conflicto sin resolverlo, el raje normaliza formas indirectas de expresión allí donde no existen —o no se habilitan— condiciones relacionales, simbólicas o institucionales para tramitar el conflicto como parte legítima de la socialización, contribuyendo así a perpetuar las mismas fallas estructurales de interacción que hicieron necesaria su emergencia inicial.

Así pues, el propio desarrollo de esta propuesta de lectura y el análisis que la sustenta conducen, no sin cautela, a distinguir entre un raje destructivo y un raje defensivo. El primero busca explícitamente dañar reputaciones, consolidar jerarquías informales o afirmar el ego mediante la denigración del otro. El segundo, en cambio, no persigue la destrucción del vínculo, sino canalizar tensiones para preservarlo de manera indirecta: protegiéndose de reacciones hostiles y evitando confrontaciones estériles (preservación del vínculo), guareciéndose de riesgos, sanciones o castigos (asimetrías de poder) o porque la comunicación directa resulta inviable (fallas estructurales en la interacción). Esta distinción no pretende legitimar ninguna de las formas, sino permitir una comprensión más fina de sus motivaciones y efectos.

No se trata, por tanto, de elaborar una defensa romántica del raje, sino de reconocerlo como un mal necesario —de ningún modo una virtud—, sin soslayar sus efectos perniciosos ni desconocer las condiciones sociales que lo hacen emerger. Comprenderlo en sus distintas dimensiones permite no naturalizarlo ni mucho menos moralizarlo de manera simplista, sino utilizarlo como un indicador de fallas más profundas: déficits en las habilidades comunicativas, rigideces jerárquicas, climas relacionales hostiles o incapacidad para gestionar el conflicto de manera constructiva.

En este sentido, el análisis del raje propuesto en estas páginas ofrece un punto de partida reflexivo para identificar carencias y déficits en la interacción social y diseñar estrategias más adecuadas de gestión del conflicto, tanto en organizaciones como en la vida cotidiana. Superar esta práctica no implica solo exhortar a “hablar bien y ser directos” o a “ponerle seguro a la boca”, sino crear condiciones reales para que la comunicación directa sea posible, tolerable y socialmente sostenible. Solo allí el raje deja de ser necesario.

 

REFERENCIAS


Denegri, M. A. (2013). La murmuración, la maledicencia, el chisme y el raje [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=P2lk-TJhen0

Denegri, M. A. (2015). Esmorgasbord (2.ª ed.). Fondo Editorial de la UIGV. https://es.scribd.com/document/380100596/Esmorgasbord-pdf

Fair, H. (2010). Una aproximación al pensamiento político de Michel Foucault. Polis, 6(1), 13–42. https://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1870-23332010000100002

Fishman, D. (2000). El camino del líder: Historias ancestrales y vivencias personales. Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas. https://es.slideshare.net/slideshow/30-el-camino-del-lder-david-fischmanpdf/251589789

Foucault, M. (2020). El orden del discurso. Austral.

Goffman, E. (1997). La presentación de la persona en la vida cotidiana. Amorrortu Editores. https://www.academia.edu/6339548/Goffman_Erving_La_presentacion_de_la_persona_en_la_vida_cotidiana

Rizo García, M. (2011). De personas, rituales y máscaras: Erving Goffman y sus aportes a la comunicación interpersonal. Quórum Académico, 8(15), 78–94. Universidad del Zulia.

Robles Moran, E. (febrero, 2026). Cuando hablar de frente no es posible: una reflexión sobre el raje. [Entrada de blog]. El Salmónhttps://www.elsalmon.info/post/cuando-hablar-de-frente-no-es-posible-una-reflexi%C3%B3n-sobre-el-raje  

 

viernes, 6 de febrero de 2026

Pintura y cine: tensiones en la construcción de la imagen

La relación entre pintura y cine a veces suele explicarse de manera demasiado cómoda: como si el cine fuese una prolongación natural de la tradición pictórica, es decir, un cuadro que aprendió a moverse. Sin embargo, esta idea simplifica un vínculo mucho más complejo. El cine no hereda la pintura de forma pasiva ni la reproduce como modelo, sino que se apropia de sus saberes visuales, los pone en tensión y los reorganiza dentro de un lenguaje propio, atravesado por el tiempo, el movimiento y el montaje.

Más que una línea de continuidad, entre pintura y cine existe un diálogo conflictivo y productivo. La pintura aporta una larga experiencia en la construcción de la imagen, pero el cine la somete a condiciones nuevas que transforman su sentido y su función. En ese cruce —histórico, técnico y estético— la imagen deja de ser una presencia estable y se convierte en una experiencia temporal. Es allí donde ambos lenguajes se encuentran, se disputan y amplían, una y otra vez, los límites de lo visible.

Cuando el cine aparece a fines del siglo XIX, la pintura había organizado durante siglos las formas de ver —la perspectiva, la composición, el tratamiento de la luz, la jerarquía del espacio y la relación entre figura y fondo—, configurando un horizonte visual previo que el cine asimila de manera no consciente ni servil. No obstante, esta herencia no implica un monopolio de la pintura sobre la cultura visual del período. La experiencia visual de fines del siglo XIX se encontraba ya atravesada por múltiples dispositivos y prácticas —la escultura, la fotografía, el grabado, la caricatura, la prensa ilustrada, la linterna mágica, el teatro, la ópera, los panoramas y las ferias ópticas—, que habían problematizado cuestiones como el encuadre, el movimiento, la serialidad y la reproducción técnica de la imagen. En este contexto, el cine no surge como imitación de la pintura ni como su simple heredero, sino como una forma visual que se inscribe en un ecosistema complejo, del cual la pintura forma parte sin ejercer una hegemonía absoluta.

Desde esta base compartida, el cine desarrolla su propio lenguaje. La pintura le ofrece un saber acumulado sobre cómo construir imágenes significativas, mientras que el cine introduce una variable decisiva: el tiempo. El plano cinematográfico no es un cuadro animado, sino una imagen temporal, capaz de articular duración, secuencia y ritmo. Sin embargo, cada plano sigue operando como una unidad plástica: encuadre, color, luz y textura continúan siendo decisiones estéticas fundamentales, heredadas del pensamiento pictórico.

En este contexto, la pintura funciona para el cine como un reservorio formal y simbólico más que como un modelo normativo. El cine retoma de la pintura ciertos saberes visuales —la organización del espacio, el uso expresivo de la luz y el color, la construcción de atmósferas—, pero los reconfigura desde su propia especificidad técnica: la imagen en movimiento y el tiempo como materia narrativa. Por ello, el plano cinematográfico no reproduce el cuadro, sino que lo tensiona, lo fragmenta o lo atraviesa.

Esto implica que el plano no puede entenderse como una simple reproducción de una imagen pictórica, aun cuando adopte composiciones que remiten claramente a la tradición del arte. A diferencia de la pintura, que fija un punto de vista y condensa la imagen en un instante detenido, el plano se inscribe en una lógica temporal. No existe como imagen autónoma destinada exclusivamente a la contemplación, sino como una unidad cuyo sentido depende de su duración y de su articulación con los planos que la preceden y la siguen. Su función no es estabilizar la imagen, sino mantenerla en tensión.

Dicha tensión se produce porque el plano, incluso cuando presenta una composición equilibrada o aparentemente estática, introduce una dimensión temporal de la que la pintura carece. El tiempo transforma la imagen en espera, latencia o amenaza. Aquello que en el cuadro se manifiesta como reposo visual, en el cine se convierte en una situación cargada de expectativa. El plano no descansa: sostiene la imagen bajo la presión del tiempo, generando efectos psicológicos y narrativos que exceden la mera organización formal.

Asimismo, el cine fragmenta la unidad visual propia de la pintura. Mientras el cuadro tiende a ofrecer una totalidad cerrada dentro de los límites del marco, el cine descompone el espacio mediante distintos tipos de plano y a través del montaje. La imagen deja de presentarse como un todo simultáneo y se organiza como una serie de fragmentos que el espectador debe articular mentalmente. El sentido ya no está concentrado en una sola imagen, sino distribuido a lo largo de la secuencia, lo que convierte a la percepción en un proceso activo.

Por otra parte, el plano atraviesa la lógica del cuadro al introducir el movimiento y la variabilidad del punto de vista. La cámara puede desplazarse dentro del espacio, entrar y salir de una composición, modificar la relación entre figura y fondo o revelar dimensiones que en la pintura permanecen fijas. El encuadre deja de ser una frontera cerrada para convertirse en un espacio transitable. De este modo, el cine transforma la imagen pictórica en recorrido y experiencia visual dinámica, sometiéndola a una lógica narrativa y temporal que redefine su significado.

Así, el cine no hereda la pintura como una forma acabada, sino que la reconfigura al someterla al tiempo, al movimiento y al montaje. Mientras la pintura concibe la imagen como presencia estable, el cine la convierte en acontecimiento, desplazando el centro de la experiencia estética desde la contemplación hacia la duración y la secuencia. En este intercambio, ninguna de las dos disciplinas ocupa un lugar subordinado: ambas revisan continuamente sus modelos de representación y participan de una búsqueda común por expandir los límites de la imagen.

Ahora bien, la influencia de la pintura se vuelve especialmente visible cuando el cine asume una intención artística explícita y reflexiona sobre sí mismo como arte. En este marco, las vanguardias del siglo XX consolidan este vínculo: el expresionismo traslada la deformación pictórica al espacio fílmico; el surrealismo convierte la lógica visual del inconsciente en narración cinematográfica; y el pop art incorpora la repetición, el archivo y la cultura de masas al cine experimental. En estos casos, el cine no “representa” la pintura, sino que piensa con ella.

Un grupo de personas caminando hacia un edificio

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

Por su parte, en el cine histórico, la referencia pictórica opera como un índice de verosimilitud cultural, permitiendo situar y contextualizar visualmente un período o un acontecimiento. Basta observar la escena de la coronación en la miniserie Napoleón (2002) de Yves Simoneau para reconocer la evocación directa del célebre cuadro de Jacques-Louis David. En el cine biográfico, la obra pictórica del artista funciona como punto de vista estético desde el cual se construye el relato, como ocurre en diversas películas centradas en figuras como Modigliani, Van Gogh o Renoir. En este sentido, los distintos estilos artísticos —ya sea el surrealismo, el expresionismo, el impresionismo o el pop art— evidencian cómo las estrategias pictóricas pueden ser traducidas, desplazadas o radicalizadas dentro del lenguaje cinematográfico.

Así pues, como se ha venido desarrollando a lo largo del texto, la relación entre pintura y cine exige una lectura radical, distinta de la noción de influencia o dependencia. Ambas son expresiones artísticas que han consolidado lenguajes propios, complejos y autónomos, por lo que su vínculo no puede entenderse de manera lineal ni jerárquica. El cine no solo dialoga con la pintura: en muchos casos la desestabiliza. Al introducir el tiempo, el movimiento y la reproductibilidad técnica, pone en crisis la idea de la imagen como unidad cerrada, aurática y autosuficiente. La pintura deja así de funcionar como modelo a seguir y se convierte en un campo de fricción, en un sistema de representación que el cine tensiona, fragmenta y reconfigura. En este punto, ya no hablamos de herencia, sino de una interacción sinérgica y dialéctica, atravesada por conflictos en el tratamiento de la imagen, que obliga a repensar los límites de ambas disciplinas.

De tal manera que, la relación entre pintura y cine no puede comprenderse como una genealogía lineal ni como una relación de dependencia, sino como una red de tensiones y determinaciones reciprocas. Aunque ambos lenguajes comparten una gramática visual, esta se reactualiza históricamente en la medida en que revisan sus modelos de representación, cuestionan la mirada heredada y exploran nuevas formas de figurar lo real, lo psicológico y lo simbólico. En este proceso, el cine no se legitima mediante la imitación de la pintura, sino a través de un diálogo crítico que, al ponerla en movimiento y someterla a sus propias condiciones técnicas y temporales, redefine el sentido y la función de la imagen artística.

 

Erick Robles Moran
Enero 2026


Referencias

Aprender Cine. (2023). Tipos de plano en cine y fotografía, con ejemplos. https://aprendercine.com/tipos-de-plano/

Belloso, D. (2025). La influencia de la pintura en el cine: herencias visuales, compositivas y simbólicas. CIEG, Revista arbitrada del Centro de Investigación y Estudios Gerenciales. https://revista.grupocieg.org/wp-content/uploads/2025/08/Ed.7597-103-DominguezBelloso.pdf

Benjamin, W. (1989). La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. En Discursos interrumpidos. https://www.ucm.es/data/cont/docs/241-2015-06-06-Textos%20Pardo_Benjamin_La%20obra%20de%20arte.pdf

Cantos Casenave, M., & Bruno Garcén, P. (2024). Aproximaciones a la cultura visual del siglo XIX en Europa y Latinoamérica: Tecnologías y espectáculos ópticos, mecánicos y luminosos. Nuevo Mundo Mundos Nuevos. https://doi.org/10.4000/nuevomundo.95706

Fernández, M. (2017, 27 de enero). La estética cinematográfica: luz y color. Centro de Comunicación y Pedagogía. https://www.centrocp.com/la-estetica-cinematografica-luz-color/

Gonzales, J., & Carabaño, I. (2023). Pintores de cine: Cuando la paleta de colores adorna el séptimo arte. https://pap.es/articulo/13958/pintores-de-cine-cuando-la-paleta-de-colores-adorna-el-septimo-arte

Lorca, J. (2018). La construcción de la imagen en la pintura y el cine: Una aproximación a Peter Greenaway. El Ornitorrinco Tachado. Revista de Artes Visuales, (9), 7–17. https://www.redalyc.org/journal/5315/531558884001/html/

Robles, E. (enero, 2026). Pintura y cine: tensiones en la construcción de la imagen. [Entrada de blog]. El Salmónhttps://www.elsalmon.info/post/pintura-y-cine-tensiones-en-la-construcci%C3%B3n-de-la-imagen 

Salas González, C. (2014). La pintura surrealista en el cine de Almodóvar. Área Abierta, 35(2). https://doi.org/10.5209/rev_arab.2014.v35.n2.45766

Tapia, S. (2025, 8 de agosto). La influencia del cine en la pintura: Una historia de retroalimentación entre dos artes. Espectáculos. https://www.meer.com/es/93623-la-influencia-del-cine-en-la-pintura


jueves, 29 de enero de 2026

Psicología del dinero y principios para la gestión financiera personal

Si el dinero pudiera hablar, probablemente nos diría mucho sobre cómo vivimos, cómo tomamos decisiones y qué prioridades tenemos en la vida. Ese es el sentido de las siguientes páginas: mirar el dinero de otra manera, desde otro ángulo. Se trata de pasar de una visión que lo reduce exclusivamente al cálculo racional de cifras para el gasto, el ahorro y las decisiones de inversión complejas, a una que lo comprende principalmente como un reflejo de nuestra mente y nuestros hábitos.

Este nuevo enfoque nos permite descubrir que la gestión competente de las finanzas personales depende menos de dominar intrincadas fórmulas económicas y más de cultivar disposiciones personales. Así pues, nuestro interés es examinar el tema del dinero y las finanzas no como un conjunto de capacidades exclusivamente cognitivas, sino principalmente como un campo estrecho ligado al desarrollo de habilidades intrapersonales. En particular, se enfoca en competencias vinculadas al autocontrol emocional, la templanza ante diversos estímulos y la adopción de principios que configuran la psicología necesaria —en términos de actitudes y comportamientos— para relacionarse de manera equilibrada con el dinero.

De ahí que la comprensión de nuestra relación con los recursos económicos se fundamenta en un enfoque, una visión y un temperamento que permitan gestionar el dinero de forma más eficaz, orientándolo hacia el bienestar integral. Buena parte de los principios y de la noción misma de una psicología del dinero que presentamos a continuación se sustentan en los planteamientos desarrollados por Morgan Housel en su obra La Psicología del dinero (2023), cuya perspectiva sirve de base para varias reflexiones presentadas en este texto.

Marco conceptual: Más allá de los números

Ahora bien, no pretendemos abordar o cubrir de manera exhaustiva todas las dimensiones de la relación personal con el dinero. Nuestro propósito es subrayar ciertos principios esenciales que orienten una gestión más consciente, a fin de evitar tanto la carencia como el despilfarro, promover el crecimiento responsable de los recursos y no permitir que el dinero desplace nuestros principios ni reduzca nuestra vida únicamente a su acumulación, descuidando las dimensiones afectivas, emocionales y de realización personal que coexisten con las económicas.

Desde esta perspectiva, el dinero no debe constituirse en una fuerza que nos controle o nos desestabilice, sino en un recurso administrado deliberadamente desde una actitud de previsión y sostenibilidad. El objetivo es, como mínimo, conservarlo, y en un escenario ideal, incrementarlo gradualmente. Ello conduce a afirmar que la habilidad para gestionar el dinero —independientemente de poseerlo o no— es, más que una técnica, una disposición del carácter. Como indica Housel: "El éxito financiero no es una ciencia pura y dura. Es una soft skills , una habilidad conductual o emocional en la que cómo te comportas es más importante que lo que sabes" (2023, p. 17). De tal manera que, el manejo adecuado de las finanzas personales no se limita al dominio racional de conceptos o procedimientos; requiere también actitudes, valores y disposiciones mentales que determinan nuestro comportamiento económico. En esto radica la importancia de lo que Housel denomina la psicología del dinero, un elemento central en la gestión financiera personal (2023, p. 17).

Educación financiera versus Inteligencia financiera

Resulta relevante, en este marco, diferenciar, además, entre educación financiera como base de conocimiento y la inteligencia financiera como su aplicación práctica en el marco de las finanzas personales. Aunque estrechamente relacionados, no son equivalentes: se influyen y complementan en el desarrollo integral de las habilidades financieras. Hernández-Fuentes, Galvis-Duarte & Rolón-Rodríguez (2024), basado en una amplia revisión bibliográfica, sostienen que la educación financiera debe impartirse desde edades tempranas. Esto no solo favorece la adquisición de información relevante, sino también la formación de hábitos financieros saludables. Asimismo, señalan que diversos organismos internacionales consideran que la educación financiera es fundamental para evitar el estancamiento económico individual y social, cuyas consecuencias afectan negativamente el desarrollo humano.

En consecuencia, la educación financiera tiene como finalidad que las personas desarrollen conocimientos, capacidades y actitudes responsables para identificar productos, servicios y riesgos financieros, de modo que puedan tomar decisiones pertinentes, gestionar adecuadamente su dinero, asegurar necesidades presentes y futuras y construir reservas para el ahorro e inversión (Hernández-Fuentes et al., 2024).

Sin embargo, aunque estas orientaciones constituyen los lineamientos fundamentales de una educación financiera acertada, resulta necesario distinguir que la inteligencia financiera implica la capacidad de discernir con asertividad en la toma de decisiones económicas. Su dimensión cognitiva incluye actividades como investigar, planificar y gestionar recursos para alcanzar el bienestar material: administrar ingresos, mantener reservas, orientar fondos a inversiones, atender deudas, planificar la jubilación, equilibrar ingresos y gastos y destinar recursos al bienestar emocional, al ocio y necesidades humanas esenciales.

La Psicología del dinero como habilidad conductual

No obstante, disponer de conocimientos técnicos no resulta suficiente. En las finanzas personales es imprescindible desarrollar las disposiciones personales orientadas al autocontrol, a la moderación de impulsos ya una reflexión integral sobre el uso del dinero y la relación emocional que establecemos con él (Housel, 2023, p. 17).

El fortalecimiento de estas disposiciones contribuye a consolidar la estabilidad económica, reducir el estrés financiero, alcanzar metas, promover la independencia económica, prepararse para emergencias, mejorar la calidad de vida, acumular patrimonio y asegurar una jubilación digna; en suma, construir un futuro financiero sólido que permita realizar proyectos personales (Hernández-Fuentes et al., 2024).

 

Principios fundamentales para una psicología financiera sana

No gastar más de lo que se gana

Un principio ineludible en la gestión financiera personal consiste en evitar, bajo cualquier circunstancia, gastar más de lo que se percibe. Mantener la estabilidad financiera requiere impedir el deterioro de los recursos económicos y, en la medida de lo posible, generar ingresos adicionales. Asimismo, resulta esencial evitar el endeudamiento innecesario y regular los impulsos de consumo; este autocontrol constituye la base sobre la cual se edifica toda gestión financiera responsable.

Proyectar los ingresos en plazos amplios

Un segundo principio se relaciona con la capacidad de proyectar la propia vida y las necesidades económicas asociadas a ese proyecto. Tal como se planifica la adquisición de una vivienda o la conformación de una familia, también debe proyectarse el nivel de ingresos y el volumen de recursos que se espera acumular a lo largo de la vida. En países como el Perú, u otros en Latinoamérica, las personas suelen expresar sus ingresos de manera mensual; en contraste, en otros contextos, como los Estados Unidos, el ingreso se expresa de forma anual, lo que facilita una visión de largo plazo y la posibilidad de asumir deudas positivas —como la compra de bienes de capital— proyectadas a varios años. (Opdyke, 2012, p. 111) Una perspectiva estrictamente mensual limita la planificación a la supervivencia inmediata e impide estructurar compromisos financieros mayores. No obstante, como advierten Kiyosaki y Lechter (2005, p. 16), incluso las deudas consideradas positivas pueden convertirse en una trampa cuando se asumen sin generar nuevas fuentes de ingreso y se dependen exclusivamente del propio trabajo, haciendo que la vida se convierta en una verdadera carrera de ratas ; es decir, ir corriendo todo el tiempo en la misma dirección, intentando pagar deudas que nunca terminan, para acabar siempre en el mismo lugar y dar origen a un círculo vicioso.

Reconocer el papel del riesgo y la suerte

Un tercer principio consiste en comprender que tanto el riesgo como la suerte son elementos reales y constitutivos de la actividad económica. El hecho de haber realizado un negocio exitoso en el pasado no garantiza su repetición futura, ni constituye evidencia de capacidades excepcionales. Muchas veces, los buenos resultados dependen de circunstancias contingentes que se supieron aprovechar oportunamente. Por ello, se requiere humildad cuando los resultados son favorables y ecuanimidad cuando no lo son. Evitar la soberbia en la bonanza y el fatalismo en la adversidad constituye un ejercicio indispensable de madurez financiera.

Frenar el ego y priorizar la prevención

El siguiente principio establece que la preservación y acumulación de la riqueza exige una actitud preventiva y una moderación constante de los deseos y pretensiones personales. Renunciar a determinados consumos presentes permite ampliar el margen de posibilidades futuras. Ahorra quien sea capaz de contener sus impulsos y superar la complacencia momentánea, entendiendo que el bienestar inmediato puede comprometer el porvenir económico.

Evitar que el dinero impulso decisiones riesgosas

Asimismo, la relación saludable con el dinero implica no comprometerlo en actividades que pongan en riesgo la estabilidad financiera o la integridad personal. Si un negocio genera ansiedad, insomnio o un sentimiento persistente de amenaza, señala que la motivación económica ha sobrepasado el control racional y emocional, desplazando la capacidad de evaluar con prudencia los riesgos y consecuencias. De igual modo, involucrarse en actividades de dudosa reputación, aun cuando prometen alta rentabilidad, compromete no solo el capital, sino también aspectos éticos, legales y personales. En tales casos, es el dinero —y no la persona— quien dirige la conducta, situación que debe ser revertida.

Priorizar la seguridad antes que la ganancia inmediata

Otro principio esencial consiste en preferir opciones de crecimiento lento y seguro antes de arriesgar el patrimonio en actividades que prometen ganancias rápidas. Las inversiones a largo plazo brindan estabilidad y reducen la posibilidad de pérdidas significativas. Comprender que no todos los éxitos financieros derivan exclusivamente de la capacidad personal, sino también de circunstancias contingentes y oportunidades fortuitas, permite moderar el exceso de confianza y evitar decisiones impulsivas motivadas por el ego, tal como se señaló previamente.

Aceptación del error y búsqueda de equilibrio.

Debe asumirse que, en la gestión financiera personal, algunas decisiones saldrán mal, lo cual no invalidan los aciertos, por lo que no todas las actividades generarán pérdidas. Es posible obtener ganancias en un ámbito y experimentar fracasos en otro, lo importante es mantener un equilibrio razonable entre ambos resultados. La plantilla, la evaluación continua y la moderación constituyen los pilares de unas finanzas saludables.

Valorar el tiempo como recurso estratégico

El tiempo constituye un recurso tan valioso como el dinero, y las finanzas personales deben orientarse a aumentar la autonomía personal respecto a él. Cuando el dinero absorbe todo el tiempo disponible, la persona se convierte en su servidora. Ello se vincula con la necesidad de moderar la ambición: ceder ante impulsos desmedidos no solo esclaviza emocionalmente, sino que puede conducir a decisiones imprudentes que comprometan la reputación o incluso la libertad. El dinero puede recuperarse; quien puede perderse es la persona.

Evitar el gasto por presión social

Bilinkis (2025, 12:16) subraya que muchas personas gastan para encajar socialmente, lo cual constituye un comportamiento más extendido de lo que se admite. Recomienda no dejarse influir por las imágenes que otros proyectan ni comparar la propia cotidianidad con los momentos estelares ajenos. Si el objetivo es adquirir una vivienda, es razonable reducir ciertas actividades sociales y expresarlo con franqueza. Quienes aprecian genuinamente comprenderán estas decisiones e incluso podrán versos inspirados por ellas. Este principio exige dejar de medir la vida con patrones ajenos: ingresos, prioridades y metas son personales y no requieren justificación pública. La ostentación, además, constituye una ilusión: lo que se muestra no es riqueza, sino dinero gastado. El respeto y la admiración se obtienen por la conducta ética, no por los bienes exhibidos.

Ahorrar sin necesidad de un motivo específico

Otro principio central consiste en comprender que no es necesario ahorrar con un propósito particular; basta con asumir que el futuro tiene mayor peso que el presente. El dinero gastado en consumo inmediato —lujo, ocio, ropa o entretenimiento— deja de ser un recurso disponible para oportunidades futuras o para afrontar contingencias. La suerte y el riesgo, condiciones siempre variables, exigen mantener reservas. Como advierten Kiyosaki y Lechter (2005, p. 79), la falta de educación financiera exponen a la clase media a un alto nivel de vulnerabilidad: poseen pasivos elevados, pocos activos reales y dependen casi exclusivamente de un salario. Ante oportunidades significativas, carecen del capital para aprovecharlas.

Reconocer el costo necesario de toda actividad económica

Toda acción encaminada a generar ingresos implica un costo: desde la impresión de un currículum hasta la implementación de un emprendimiento. Incluso las iniciativas exitosas conllevan gastos previos. Evitar estos costos por temor u omisión impide asumir riesgos que podrían abrir oportunidades valiosas. Al igual que los principios anteriores, este se relaciona directamente con la actitud personal ante el dinero.

Equilibrar la crítica con la apertura al riesgo

Finalmente, es necesario reconocer que las personas suelen aceptar más fácilmente las proyecciones negativas que las positivas. La crítica genera la apariencia de mayor inteligencia o prudencia, y las advertencias sobre crisis suelen captar la atención con más fuerza que las noticias de crecimiento. Esta tendencia, sin embargo, puede conducir a la inacción y al miedo frente a oportunidades reales. La relación equilibrada con el riesgo requiere una dosis razonable de optimismo, indispensable para evaluar alternativas y tomar decisiones que permitan el crecimiento personal y financiero.

Para cerrar: De la teoría a la práctica con la dieta financiera

Ahora que conocemos los principios clave que guían nuestra relación con el dinero y nos ayudan a manejar mejor nuestras finanzas, resulta pertinente incorporar algún método o estrategia práctica que permita actuar con eficacia tanto en situaciones imprevistas como en contextos que requieren previsión. Entre estos recursos destaca la denominada dieta financiera , un método cada vez más difundido por su simplicidad y utilidad.

De acuerdo con un artículo publicado en la revista electrónica de la American Association of Retired Persons (AARP), la dieta financiera —también denominada ayuno de gastos— opera como un proceso de reinicio económico. Su propósito consiste en eliminar consumos superfluos y ajustar el presupuesto a lo estrictamente necesario, del mismo modo en que una dieta alimentaria prescinde de la comida chatarra. Esta práctica permite identificar comportamientos que generan fugas de dinero y fomentar una mayor conciencia sobre la administración de los ingresos y los ahorros (Dollarhide, 2025).

El método se estructura en dos pasos fundamentales. En primer lugar , se deben revisar los tres estados de cuenta más recientes con el fin de identificar, de manera precisa, cuánto se gasta y en qué categorías de consumo. En segundo lugar , corresponde reconocer las áreas en las que es posible realizar recortes. La identificación de estos puntos críticos facilita la aplicación de correctivos inmediatos y orienta hacia una relación más deliberada y saludable con el dinero. Tal como sugiere la AARP, efectuar pequeños ajustes semanales fortalece la constancia y permite consolidar progresivamente hábitos financieros más estables.

En suma, la dieta financiera constituye un eficaz para reducir gastos y potenciar la capacidad de ahorro. Para su adecuada implementación, se recomienda: i) analizar detenidamente los patrones de gasto, ii) mantener un registro continuo de los ahorros generados, iii) minimizar las tentaciones que pueden conducir al consumo innecesario.

De este modo, la dieta financiera se integra como un mecanismo práctico que complementa los principios fundamentales previamente expuestos sobre la dimensión psicológica del manejo del dinero —disposiciones, actitudes y comportamientos— y contribuye a avanzar hacia una gestión más consciente, responsable y sostenible de los recursos económicos en el corto y largo plazo.

 

Erick Robles Moran
Noviembre 2025


Referencias

Bilinkis, S. (2025, 16 de julio). Lo que nadie te enseñó sobre el dinero [Vídeo]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=PzWnojkylAI

Dollarhide, M. (2025, 1 de julio). Cómo seguir una dieta de dinero: ¿Te preocupa tu situación financiera? Intente recortar gastos innecesarios. AARP En Español . https://www.aarp.org/money/personal-finance/how-to-go-on-money-diet/

Hernández-Fuentes, M., Galvis-Duarte, YT, & Rolón-Rodríguez, BM (2024). La importancia de la educación financiera en las finanzas personales de los jóvenes. Revista Investigación & Gestión, 7 (1), 23–30. https://doi.org/10.22463/26651408.4431

Housel, M. (2023). La psicología del dinero . Paidós Empresa.

Opdyke, J. (2012). Mejora tus finanzas personales . El diario de Wall Street.

Kiyosaki, RT y Lechter, SL (2005). Padre rico, padre pobre . Aguilar.

Robles, E. (noviembre, 2025). Psicología del dinero y principios para la gestión financiera personal. [Entrada de blog]. El Salmón . https://www.elsalmon.info/post/psicolog%C3%ADa-del-dinero-y-principios-para-la-gesti%C3%B3n-financiera-personal

Cuando hablar de frente no es posible: Una reflexión sobre el raje

INTRODUCCIÓN Hablar a espaldas de otros es una de esas prácticas que todos condenan en público y casi todos ejercen en privado. Se la nomb...