Hablar a espaldas de otros es una de esas prácticas que todos condenan en público y casi todos ejercen en privado. Se la nombra con distintos términos —murmuración, chisme, maleteo—, pero adopta una forma particularmente cruda en el raje. Denigratoria, incómoda y corrosiva, esta práctica suele ser presentada como una falla moral o como una patología de la convivencia, incluso como un “necesario” desfogue social de aquello que la vida en común nos impide decir de frente.
Quizá el raje no ennoblezca, pero funciona como válvula de escape, como descarga simbólica que permite aliviar tensiones, sostener “ficciones de cordialidad” (Goffman, 1997) y hacer viable la vida cotidiana, que, sin esa catarsis clandestina, resultaría prácticamente imposible.
No obstante, su
persistencia en los vínculos sociales, tanto personales como organizacionales,
obliga a formular una pregunta menos tranquilizadora: ¿y si el raje no fuera
solo un vicio moral, sino también un síntoma de la impotencia comunicativa, del
fracaso de la crítica directa y de las asimetrías de poder que atraviesan
nuestras interacciones sociales?
David Fishman, en su artículo El poder de la palabra (2000), adopta una visión marcadamente moral respecto del raje —entendido como hablar mal a espaldas de los compañeros de trabajo—. Su interés no es meramente ético en abstracto, sino práctico: desvelar cómo el raje afecta negativamente las dinámicas sociales dentro de las organizaciones empresariales, deteriorando su cohesión interna y productividad.
Para Fishman, hablar a espaldas de otros constituye un verdadero “cáncer organizacional”, pues genera desconfianza, fragmenta los vínculos y menoscaba la cohesión institucional al dividir ilusoriamente a las personas entre “buenos” y “malos”. Esta dinámica hace improbable una comunicación transparente y directa, debilita la coordinación interna y favorece la formación de bandos, instalando un clima negativo que entorpece la toma de decisiones y reduce la capacidad de respuesta de la organización frente a un entorno de creciente exigencia competitiva. En este contexto, en lugar de orientar los esfuerzos hacia el exterior, los colaboradores terminan pugnando entre sí, poniendo en riesgo el crecimiento de la empresa y dejándola en desventaja frente a sus competidores.
Fishman ilustra este fenómeno con un ejemplo concreto: un gerente que, ante una situación de crisis, se burla de la supuesta incapacidad de otro gerente, enumera sus errores y cuestiona su idoneidad profesional. En este caso, no hay una búsqueda genuina de mejora ni de resolución de problemas; lo que hay es un intento de descalificación que responde —según Fishman— a un ego desmesurado que necesita afirmarse disminuyendo al otro, pues el ego constituye, para él, la causa principal del raje.
Como respuesta,
propone fomentar reglas claras de comunicación: mantener las “cartas abiertas”,
evitar confrontaciones impulsivas y aprender a ponerle un “seguro a la boca”,
es decir, pensar antes de hablar y hacerse responsable de lo que se dice.
Ahora bien, mientras Fishman adopta una postura normativa y prescriptiva orientada a la mejora de las organizaciones empresariales, Marco Aurelio Denegri se sitúa en un registro distinto. Su aproximación es fundamentalmente social-antropológica de carácter descriptiva. Para Denegri, el raje es una práctica propia del ser humano y de la vida social. No necesariamente eficiente ni moralmente deseable, pero sí funcional para la continuidad práctica de la convivencia.
Denegri (2013, 2015) reconoce que el raje deviene de la maledicencia y suele tener como finalidad desacreditar al otro. Al mismo tiempo, sostiene que rajar constituye una práctica social universal: todos, en algún momento, han hablado mal de alguien —familiares, colegas o compañeros de estudio—. Aunque esta conducta pueda generar conflictos, forma parte de la experiencia social ordinaria.
El fenecido intelectual peruano establece un parentesco conceptual entre la murmuración, el chisme, la maledicencia y el raje, en tanto todas implican hablar negativamente del prójimo con el propósito de desacreditarlo o agraviarlo. No obstante, subraya una diferencia crucial: el raje posee una intensidad y una violencia simbólica superiores. Etimológicamente, “rajar” significa hender un leño y partirlo en rajas. “De allí que esta práctica sea, por definición, hiriente y vulnerativa. A diferencia del chisme o la murmuración —molestos e incomodantes—, el raje tiene una potencia denigrativa y pulverizante que los otros no alcanzan.”
Lo más provocador
de la postura de Denegri es su afirmación de que el raje es “necesario”. No
porque sea virtuoso, sino porque “permite expresar aquello que las convenciones
sociales reprimen”. “Si la franqueza absoluta fuera socialmente permitida
—sostiene—, viviríamos en permanente conflicto, en una querella interminable.” Desde
esta perspectiva, esta práctica opera como una válvula de escape —un mecanismo
de desahogo frente a las restricciones de la vida social— que, en determinados
contextos, deja de ser ocasional y puede volverse insistente, incluso
sistemática.
A mi juicio, y como parte de una tercera lectura del raje, esta práctica debe comprenderse, en primer lugar, como síntoma y no como causa. Más que el origen del conflicto en el plano de las relaciones personales y sociales, el raje suele operar como un indicador de fallas estructurales localizables —esto es, de problemas específicos en las condiciones en que se desenvuelven las interacciones sociales y sus formas de comunicación—. Tales fallas se expresan, por ejemplo, en climas relacionales rígidos y asimétricos, en la ausencia de canales legítimos para el disenso, en culturas relacionales reactivas y punitivas, o en déficits persistentes de habilidades de diálogo, escucha y regulación emocional que, en contextos óptimos, deberían sostener una comunicación interpersonal y social saludable. En este sentido, el raje no produce el problema: lo delata. Este énfasis en las condiciones estructurales del conflicto y su función en la reproducción del lazo social resulta consistente con la lectura de Georg Simmel (2010), para quien las tensiones y antagonismos no constituyen una anomalía del orden social, sino una dimensión constitutiva de su funcionamiento. Para Simmel, el conflicto no destruye necesariamente la sociedad, sino que contribuye a producirla y sostenerla al canalizar tensiones que, de otro modo, podrían romper el vínculo social. Así pues, el conflicto no es una disfunción, sino una forma específica de socialización que, lejos de disolver el lazo, puede estabilizarlo.
Considerando esta clave interpretativa, el raje ha de entenderse como un equivalente funcional del conflicto en contextos donde la confrontación directa resulta inviable o contraproducente. Se trata de una forma de proceder específica ante desacuerdos que, por las características de los interlocutores o del contexto, no pueden canalizarse a través del conflicto abierto y directo. De este modo, el raje no elimina la tensión, sino que la desplaza y la reformula ante el temor de una posible ruptura del vínculo, evitando así la confrontación.
Todo ello crea las condiciones para que el raje emerja como vía de desahogo o como estrategia indirecta para gestionar los conflictos interpersonales, orientada a impedir el colapso o quiebre de los vínculos sociales. No obstante, este proceso no es unidireccional. A mediano y largo plazo, los patrones interactivos asociados al raje tienden a reproducir y estabilizar las mismas deficiencias de fondo que les dieron origen. La estructura social que propicia el raje termina, paradójicamente, siendo estabilizada por él. No porque se trate de una estructura intrínsecamente fallida, sino porque las fallas específicas que la atraviesan encuentran en el raje un mecanismo de desahogo que, al no resolverlas, contribuye a su persistencia. Se configura así una dinámica de retroalimentación entre estructura y práctica, un bucle social en el que el síntoma termina contribuyendo a la persistencia del malestar que denuncia.
Desde esta
perspectiva, concebir el raje como síntoma —y no como causa moral o
psicológica— ofrece un punto de partida analítico clave para identificar
carencias y distorsiones en el entramado social y en las interacciones cara a
cara. Esto permite pensar correcciones acotadas que promuevan formas de
comunicación más abiertas, directas y sostenibles, y hagan frente al raje
atendiendo esas fallas específicas para una mejor interacción y comunicación
social, tanto en el plano sistémico como en la vida cotidiana.
Segunda variante: el raje como respuesta a la asimetría de poder (nivel meso)
Una segunda variante de esta tercera lectura interpretativa se sitúa en el plano meso-social, allí donde las relaciones de poder introducen asimetrías comunicativas decisivas. No es lo mismo rajar "hacia arriba" que hacerlo entre pares o “hacia abajo”. En contextos jerárquicos, tal práctica de desahogo suele convertirse en un lenguaje indirecto propio de los subordinados cuando la comunicación —sobre todo la de carácter crítico, frontal o no— es desalentada, ridiculizada o sancionada. En estos escenarios, el raje no responde tanto a la maledicencia como a la falta de condiciones mínimas de legitimidad o seguridad para hablar.
Esta dinámica
puede leerse a la luz de los planteamientos de Michel Foucault (2020), quien
mostró que el discurso no circula libremente, sino que está regulado por
relaciones de poder que determinan quién puede hablar, cuándo y bajo qué
condiciones. No todo el mundo tiene la posibilidad de decirlo todo: el poder
produce silencios, inhibiciones y desplazamientos del decir (Fair, 2010; Rojas
Osorio, 2016). Así pues, bajo este marco interpretativo, el raje puede
comprenderse como un discurso subalterno, una forma de expresión condicionada
que emerge cuando la palabra directa es —o corre el riesgo de ser— penalizada.
En este sentido, el raje aparece menos como un fallo individual o un vicio
moral y más como un efecto derivado de relaciones políticas e institucionales
asimétricas. No se trata, por tanto, de libre expresión, sino de una expresión
modulada por condiciones desiguales de enunciación.
Tercera variante: el raje en las interacciones personales (nivel micro)
En una tercera variante de lectura, situada en el nivel micro-social, es decir, en el ámbito de las interacciones cotidianas entre iguales —familiares, amistades y espacios formativos, entre otros—, el raje no siempre se origina en el deseo de desprestigiar al otro. Puede surgir, más bien, de la impotencia frente a interlocutores poco abiertos a la crítica, cerrados al cuestionamiento de sus ideas, acciones o actitudes. Decir las cosas de manera directa, aun cuando medien razones válidas, puede provocar reacciones desproporcionadas: enojo, hostilidad o incluso la ruptura del vínculo. Así pues, cuando la crítica honesta es recibida como agresión, quienes buscan expresarse retroceden, callan y evitan exponerse a mayores conflictos. Es entonces cuando ese silencio busca, inevitablemente, una salida.
En este sentido, el raje puede entenderse como una modalidad informal y pragmática de evitación del conflicto, orientada a eludir y/o sortear su expresión abierta y los riesgos relacionales que una gestión inadecuada del conflicto puede conllevar. No porque sea ideal ni moralmente defendible, sino porque, en determinados contextos, permite hacer más habitable el mundo social. Decirse todas las “verdades” en todo momento no nos haría más auténticos, sino —probablemente— más enemigos, como ya señalaba Denegri desde su perspectiva.
Esta tercera variante interpretativa que venimos desarrollando converge, en el plano relacional de la interacción cotidiana, con los planteamientos de Erving Goffman (1997), quien concibe la vida social como una forma de representación regulada, sostenida por el manejo de una fachada, el control expresivo y la preservación de una definición compartida de la situación que permita la convivencia ordinaria sin fricciones constantes. Así pues, bajo este marco, el raje puede entenderse como una estrategia informal de regulación del vínculo cuando la confrontación directa amenaza la estabilidad de la relación.
Si consideramos lo planteado por Goffman, el raje podemos sitúarlo en lo que el autor denomina el backstage: el espacio en el que habitan la queja, la crítica indirecta y el desfogue de la interacción conflictuada. Se trata de un ámbito relacional informal donde se suspenden momentáneamente las exigencias del frontstage, entendido como el espacio social en el que se manifiestan la cortesía, la contención emocional y la presentación socialmente aceptable del yo. De ahí que, lejos de constituir un simple acto de maledicencia, el raje cumple aquí una función reguladora: permite tramitar tensiones que no pueden expresarse abiertamente sin poner en riesgo la estabilidad del vínculo o la continuidad de la interacción.
Es por ello por lo que el raje opera como un mecanismo informal que contribuye a sostener las ficciones de cordialidad propias de la vida social cotidiana. No busca necesariamente deslegitimar al otro ni romper la relación, sino preservar la escena interaccional —al menos en el ámbito público—, evitando que el conflicto irrumpa de manera frontal y desestabilice la definición compartida de la situación. En tal sentido, el raje aparece con una primera dimensión pragmática, es decir, como una estrategia de gestión del vínculo: una forma indirecta de decir lo indecible cuando las condiciones interaccionales hacen inviable la confrontación directa.
Así pues, una vez
descrita esta tercera lectura acerca del raje y sus variantes, podemos apreciar
el panorama general de estos tres enfoques y diferenciarlos con mayor claridad.
Mientras que la propuesta de David Fishman se sitúa en un nivel
normativo-organizacional, orientado a cómo debería estructurarse la
comunicación para favorecer la cohesión y la productividad en el ámbito
empresarial, el enfoque de Marco Aurelio Denegri se inscribe en un nivel
descriptivo-antropológico, interesado en cómo se manifiesta efectivamente la
conducta humana en su desenvolvimiento social. En tanto, la tercera lectura
aquí propuesta se sitúa en un nivel psicosocial y funcional-pragmático,
centrado en las interacciones y en sus condiciones estructurales, atento a lo
que ocurre cuando la comunicación directa fracasa o resulta inviable. En
consecuencia, estas perspectivas no se contradicen: se ubican en planos
analíticos distintos y abordan dimensiones diferentes de un mismo fenómeno.
ARTICULACIÓN DEL ENFOQUE: PSICOSOCIAL,
FUNCIONAL-PRAGMÁTICO Y PERSPECTIVA RELACIONAL-DIALÉCTICA
El conjunto de variantes que componen esta tercera lectura acerca del raje no constituye una simple extensión de la propuesta de Marco Aurelio Denegri ni una adopción con matices del enfoque asumido por David Fishman. Se trata, más bien, de un enfoque psicosocial, funcional-pragmático, cuya metodología analítica se despliega mediante una perspectiva relacional-dialéctica que permite comprender el raje no como un fenómeno aislado, sino como producto y productor de dinámicas sociales en múltiples niveles. Desde este enfoque y metodología, se explica el origen del raje no en el ego o la maledicencia personal, sino como un síntoma de déficits en las estructuras de interacción social que se manifiestan en el plano comunicativo a todo nivel, y a partir de lo cual es posible pensar —al menos teóricamente— en su superación real y no meramente en el plano normativo ideal.
Esta lectura reconoce, además, que el raje también opera en los entornos atravesados por relaciones sociales asimétricas, que organizan el entramado social, y en el seno de las relaciones personales cotidianas. Asimismo, el raje se concibe como una reacción que expresa impotencia comunicativa ante la imposibilidad práctica de hacer comprender, cuestionar o modificar determinadas conductas, ideas o actitudes. Y ante el riesgo de que ello derive en un conflicto abierto que ponga en peligro la preservación del vínculo social, se opta por evitar la confrontación directa y tramitar el malestar de manera indirecta.
Así pues, el raje se presenta con esta segunda dimensión pragmática, como una estrategia de evitación del conflicto abierto y del riesgo de ruptura del vínculo social: una respuesta situada, informal, indirecta y socialmente regulada para la gestión de tensiones.
Además de ello, lejos de agotarse en una lectura moral, esta aproximación permite comprenderlo como un fenómeno complejo que, arraigado en fallas en las estructuras de interacción social y comunicativas, se reproduce en las relaciones asimétricas políticas e institucionales a nivel meso y en el desenvolvimiento cotidiano de los sujetos en el nivel micro, lo que termina por reforzar los mismos climas deficitarios que le dan origen. Es decir, una suerte de círculo vicioso, un bucle social, donde lo que se reproduce es un patrón relacional que vuelve innecesario —y a veces imposible— el diálogo directo. El flujo de ese círculo vicioso —aunque no en un sentido moral, donde habría que señalar culpables— sería el siguiente: las fallas en la estructura de interacción social y comunicativa generan y refuerzan relaciones asimétricas; esas asimetrías, a su vez, condicionan que, en el plano micro, las personas opten por el raje como estrategia de evitación antes que por la gestión del conflicto abierto, para finalmente reproducir y reforzar dichas fallas en la estructura de interacción social y comunicativa.
Por tanto, el análisis aquí propuesto adopta un carácter relacional y dialéctico, pues comprende el fenómeno del raje a partir de la causalidad predominante que opera en las fallas en las estructuras de la interacción de la vida social, en las relaciones asimétricas signadas por dinámicas de poder y en las relaciones personales; esto es, en las condiciones que abonan a la práctica del raje. Así pues, el raje se constituye en un síntoma. Asimismo, tiene un efecto de retorno que opera transversalmente en las interacciones sociales, las cuales normalizan y refuerzan las relaciones asimétricas y las fallas a nivel estructural.
De este modo, el raje no nace "desde abajo" como pura iniciativa individual, ni se agota "desde arriba" como mero efecto mecánico de la estructura; por el contrario, atraviesa y retroalimenta permanentemente el conjunto del entramado social.
Esta propuesta, además, se distancia de una concepción que suponga un psicologismo, es decir, que el problema se atribuya únicamente a las personas que rajan, a su falta de valores o de habilidades, más aún si se considera que las condiciones estructurales y de poder hacen del raje una práctica socialmente previsible, aunque no por ello justificable. Asimismo, como hemos visto, en estos casos el raje es también una respuesta adaptativa a contextos fallidos, y no un mero vicio individual.
Del mismo modo, esta perspectiva se distancia de una posición que suponga un determinismo estructural, como, por ejemplo, pensar que el raje es un puro efecto del sistema y que los sujetos son víctimas pasivas. Y esto no es así, puesto que existe la capacidad de las prácticas cotidianas para perpetuar o transformar las estructuras. Además, el raje, aunque originado en las fallas en las estructuras de interacción social, no solo constituye un síntoma de estas, sino que, una vez puesto en curso, se convierte en un mecanismo que opera activamente en la reproducción de las condiciones que lo hicieron posible.
Desde este marco
analítico, resulta pertinente revisar los posibles errores de interpretación
que pueden derivarse de una lectura descontextualizada de los planteamientos de
Denegri y Fishman sobre el raje, errores que no se originan en sus propuestas,
sino en lecturas que prescinden de los horizontes desde los cuales fueron
formuladas. En este sentido, el interés no es cuestionar dichas propuestas,
sino advertir los desplazamientos o reducciones conceptuales que pueden
producirse cuando no se consideran adecuadamente sus respectivos marcos de
referencia. Por ello, la tercera lectura aquí desarrollada no invalida las posturas
de Marco Aurelio Denegri ni de David Fishman, sino que dialoga con estas desde
un plano analítico distinto, ampliando el campo de comprensión del fenómeno.
Uno de los errores interpretativos más frecuentes antes referidos consiste en leer a Denegri como si ofreciera una justificación moral del raje. Tal lectura resulta impropia. Denegri no construye una apología ética de esta práctica: cuando afirma que el raje es “necesario”, no está diciendo que sea bueno, deseable o moralmente defendible. En su planteamiento, lo “necesario” posee un sentido funcional y descriptivo, no normativo. Denegri se limita a dar cuenta de lo que ocurre efectivamente en la vida social; no prescribe lo que debería hacerse ni legitima moralmente el raje, sino que lo examina como un mecanismo recurrente de descarga propio de la convivencia humana. Su posición es, en este sentido, estrictamente analítica, incluso incómoda para la moral convencional.
Ahora bien, aunque Denegri no lo formule de manera explícita ni se apoye en este marco teórico, su lectura del raje puede ser interpretada analíticamente como un mecanismo que opera en lo que Erving Goffman (1997) ha denominado “ficciones de cordialidad”, es decir, una forma de hipocresía social que se articula con aquellas dinámicas relacionales que hacen posible la interacción cotidiana sin conflicto permanente. Es común que, en la vida social ordinaria, los vínculos se sostengan sobre un delicado equilibrio entre lo que se dice, lo que se calla y lo que se desplaza hacia espacios informales de expresión, es decir, de dinámicas de representación y manejo de la fachada en la vida social (Rizo García, 2011). Ese registro (el raje) aparece como una válvula indirecta que permite sostener una convivencia relativamente estable.
Como se ha señalado líneas arriba, el análisis del raje se enriquece al traer a colación los aportes de Goffman, quien sitúa el raje en el backstage, una suerte de región trasera, tras bambalinas, de la vida social, un plano invisible a la interacción pública. Esta región se opone al frontstage, espacio que exige autocontrol, cortesía y coherencia expresiva. Así pues, en el backstage —espacio donde opera el raje— emerge el desfogue, el desahogo sin que ello implique necesariamente la ruptura del vínculo ni la deslegitimación pública del otro. Así entendido, el raje cumple una función reguladora: contribuye a preservar la escena interaccional, preservando la apariencia de armonía al permitir que el conflicto se tramite entre bastidores.
Por otra parte, el error interpretativo frecuentemente atribuido a David Fishman consiste en asumir que su propuesta normativo-organizacional sobre el raje ofrece una explicación suficiente y exhaustiva del fenómeno. Tal lectura pasa por alto que Fishman no pretende desarrollar una teoría sociológica o psicosocial de la comunicación informal, sino proponer criterios éticos y reglas prácticas orientadas a la mejora de la convivencia y la productividad en contextos organizacionales específicos. Fishman se apoya en una confianza considerable en que la corrección moral y la regulación normativa bastan para resolver prácticas socialmente arraigadas. Parte de un supuesto fuerte: si se establecen reglas claras, se fomenta la comunicación transparente y se promueve el autocontrol del habla, el raje debería desaparecer o, al menos, reducirse de manera significativa. En el plano organizacional al que se dirige, su planteamiento resulta coherente y razonable.
No obstante, cuando su propuesta es extrapolada más allá de ese nivel normativo y se la asume como diagnóstico integral del raje en cualquier ámbito social, emergen ciertos límites analíticos importantes que pueden dar lugar a la impresión de una ingenuidad ética, no atribuible al autor en sí, sino al uso indebido de su enfoque normativo en contextos para los cuales no fue concebido. Es precisamente a partir de la tercera lectura del raje aquí planteada —de carácter psicosocial interaccional y funcional pragmático— que tales límites se vuelven visibles.
En esta tercera perspectiva, el raje no debe comprenderse únicamente como una desviación ética, un efecto del ego o una conducta disfuncional que deba ser corregida. Reducirlo a una patología organizacional —expresada en la metáfora del “cáncer” que debe ser extirpado— implica el riesgo de dejar de lado preguntas fundamentales: ¿qué condiciones sociales, comunicativas y relacionales hacen que el raje emerja y se reproduzca? ¿Qué tensiones no dichas, qué conflictos evitados y qué asimetrías está gestionando de manera indirecta?
Así pues, la posible ingenuidad ética que podría atribuírsele a Fishman, a partir de ciertas lecturas erróneas, radica en su confianza excesiva en la capacidad de las normas para regular prácticas comunicativas que se desarrollan en interacciones psicosociales complejas y en entramados sociales igualmente complejos, los cuales exceden una regulación normativa lineal. Más aún cuando nuestra tercera lectura acerca del raje problematiza los tres supuestos implícitos del enfoque normativo de Fishman. En primer lugar, el supuesto de la transparencia comunicativa posible: se presume que la comunicación directa y honesta es siempre una opción viable, cuando en numerosos contextos no lo es, especialmente allí donde existen personalidades defensivas, jerarquías rígidas o sanciones simbólicas frente a la crítica. En segundo lugar, el supuesto de simetría moral: se considera a los actores como si todos dispusieran del mismo margen para hablar y disentir, ignorando que no todos pueden decir lo mismo sin pagar el mismo costo, sobre todo en contextos institucionales desiguales. En tercer lugar, el supuesto de autocontrol racional: la exhortación a “ponerle seguro a la boca” presupone sujetos con alto control emocional y contextos comunicativos favorables, lo que, desde la psicología social, constituye más un ideal normativo que una condición empírica generalizada.
En suma, en Fishman no hay un error ético propiamente dicho, sino una confianza normativa legítima, adecuada a los contextos organizacionales que analiza, pero insuficiente cuando se la pretende convertir en una explicación total de prácticas profundamente arraigadas en la dinámica social cotidiana y transversal a todos los ámbitos.
De allí que la
tercera lectura acerca del raje aquí desarrollada no se limita ni a describir
ni a prescribir: explica. Explica por qué el raje emerge, qué condiciones
sociales y comunicativas lo hacen pragmáticamente comprensible y qué función
cumple cuando la confrontación directa resulta inviable, concibiéndolo
simultáneamente como síntoma de fallas en las estructuras de interacción social
y comunicativa, y como una estrategia relacional que, una vez activada,
contribuye a reproducir y reforzar dichas fallas, antes que como una falta
moral o una patología individual.
Ahora bien, refirámonos nuevamente a las propuestas teóricas que hemos traído a colación para dar mayor sustento a nuestra tercera lectura del raje. Consideradas en conjunto, las contribuciones de Georg Simmel, Erving Goffman y Michel Foucault permiten articular un marco hermenéutico desde el cual esta propuesta se afianza analíticamente. No se trata de que estos autores hayan reflexionado de manera directa sobre el raje, sino de que sus categorías —dispuestas en una progresión que va desde lo estructural hasta lo micro-social— permiten iluminar distintas dimensiones de este fenómeno cotidiano.
Considerando la perspectiva de Georg Simmel, el raje puede entenderse, por analogía, como una modalidad indirecta de tramitación del conflicto que, lejos de disolver el vínculo social, canaliza tensiones y contribuye a evitar su ruptura abierta. En diálogo con la gramática interaccional propuesta por Erving Goffman, el raje se vuelve inteligible como una práctica propia del backstage, que contribuye a sostener la escena pública de la cordialidad y permite que la interacción continúe sin que el conflicto irrumpa de manera frontal. Por último, a la luz de Michel Foucault, el raje se lee como un discurso condicionado por relaciones de poder: una forma de expresión desplazada que emerge allí donde la palabra directa podría resultar sancionada, deslegitimada o riesgosa.
En esta
triangulación, el raje deja de aparecer como un simple desliz moral o una
patología comunicativa y se vuelve comprensible como una respuesta situada: una
forma informal, indirecta y socialmente regulada de tramitar el conflicto, desplazándolo
cuando las condiciones interaccionales, simbólicas o jerárquicas impiden decir
de frente lo que se piensa, y evitando, al mismo tiempo, la ruptura del
vínculo. Así, estas perspectivas no se superponen, se contradicen ni son
excluyentes; por el contrario, se articulan en un recorrido analítico que
distingue tres planos complementarios: un plano estructural, en el que el
conflicto no aparece como una anomalía, sino como una forma constitutiva de la
socialización y del vínculo social —en Georg Simmel—, desde donde el raje puede
entenderse como una forma indirecta de tramitar tensiones que, al desplazar el
conflicto en lugar de resolverlo, tiende a reproducir las fallas comunicativas
que le dieron origen; un plano institucional y asimétrico, donde las
condiciones del decir están reguladas por relaciones de poder y no todos pueden
hablar ni ser escuchados del mismo modo —en Michel Foucault—; y un plano
interaccional y situacional, propio de la vida cotidiana, en el que la gestión
de la fachada, el desfogue y la evitación de la confrontación directa permiten
sostener la convivencia —en Erving Goffman—. De este modo, es posible abordar
distintas capas de un mismo fenómeno y reforzar la idea de que el raje no debe
entenderse al margen de las estructuras de interacción, poder y socialización
que hacen posible su emergencia.
El análisis del raje, abordado desde estas tres lecturas complementarias (Fishman, Denegri y la tercera lectura propuesta, que se apoya a su vez en Simmel, Goffman y Foucault), permite comprender la complejidad de una práctica cotidiana que no debe ser reducida ni a vicio moral ni a práctica inevitable de la vida social. La perspectiva normativo-organizacional, representada por David Fishman, enfatiza los efectos corrosivos del raje sobre la cohesión, la confianza y la productividad, proponiendo reglas éticas y comunicativas orientadas a su erradicación o control. La lectura descriptivo-antropológica, desarrollada por Marco Aurelio Denegri, suspende el juicio moral y sitúa el raje como una práctica social recurrente y funcional, ligada a la necesidad humana de desahogo frente a las restricciones propias de la convivencia.
La tercera lectura analítica propuesta en este artículo no contradice a las dos anteriores, pero desplaza el foco hacia el plano psicosocial-interaccional y funcional pragmático. Situada en esta perspectiva, el raje aparece no solo como desahogo maledicente ni exclusivamente como desviación ética, sino como una respuesta indirecta a situaciones de fracaso de la comunicación directa, asimetría de poder y/o impotencia comunicativa. Cuando decir las cosas de frente implica costos relacionales elevados —hostilidad, sanción simbólica, deterioro del vínculo—, el raje emerge como una estrategia de evitación del conflicto abierto y de gestión del vínculo: una respuesta situada, informal, indirecta y socialmente regulada que permite, por un lado, decir indirectamente lo que no puede expresarse de frente y, por otro, evitar la ruptura del vínculo, administrando así tensiones de manera pragmática. Sin embargo, esta misma función adaptativa lo convierte también en un síntoma de fallas estructurales en la comunicación y, al mismo tiempo, en un mecanismo que contribuye a reproducirlas y reforzarlas. El sujeto que raja no es un mero portador pasivo de dichas fallas: actúa estratégicamente dentro de un campo de restricciones, eligiendo el deslizamiento discursivo como forma de decir sin exponerse, de aliviar tensiones sin confrontar y de preservar su posición relacional. De este modo, al desplazar el conflicto sin resolverlo, el raje normaliza formas indirectas de expresión allí donde no existen —o no se habilitan— condiciones relacionales, simbólicas o institucionales para tramitar el conflicto como parte legítima de la socialización, contribuyendo así a perpetuar las mismas fallas estructurales de interacción que hicieron necesaria su emergencia inicial.
Así pues, el propio desarrollo de esta propuesta de lectura y el análisis que la sustenta conducen, no sin cautela, a distinguir entre un raje destructivo y un raje defensivo. El primero busca explícitamente dañar reputaciones, consolidar jerarquías informales o afirmar el ego mediante la denigración del otro. El segundo, en cambio, no persigue la destrucción del vínculo, sino canalizar tensiones para preservarlo de manera indirecta: protegiéndose de reacciones hostiles y evitando confrontaciones estériles (preservación del vínculo), guareciéndose de riesgos, sanciones o castigos (asimetrías de poder) o porque la comunicación directa resulta inviable (fallas estructurales en la interacción). Esta distinción no pretende legitimar ninguna de las formas, sino permitir una comprensión más fina de sus motivaciones y efectos.
No se trata, por tanto, de elaborar una defensa romántica del raje, sino de reconocerlo como un mal necesario —de ningún modo una virtud—, sin soslayar sus efectos perniciosos ni desconocer las condiciones sociales que lo hacen emerger. Comprenderlo en sus distintas dimensiones permite no naturalizarlo ni mucho menos moralizarlo de manera simplista, sino utilizarlo como un indicador de fallas más profundas: déficits en las habilidades comunicativas, rigideces jerárquicas, climas relacionales hostiles o incapacidad para gestionar el conflicto de manera constructiva.
En este sentido,
el análisis del raje propuesto en estas páginas ofrece un punto de partida
reflexivo para identificar carencias y déficits en la interacción social y
diseñar estrategias más adecuadas de gestión del conflicto, tanto en
organizaciones como en la vida cotidiana. Superar esta práctica no implica solo
exhortar a “hablar bien y ser directos” o a “ponerle seguro a la boca”, sino
crear condiciones reales para que la comunicación directa sea posible,
tolerable y socialmente sostenible. Solo allí el raje deja de ser necesario.
REFERENCIAS
Denegri, M. A.
(2013). La murmuración, la maledicencia, el chisme y el raje [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=P2lk-TJhen0
Denegri, M. A. (2015). Esmorgasbord
(2.ª ed.). Fondo Editorial de la UIGV. https://es.scribd.com/document/380100596/Esmorgasbord-pdf
Fair, H. (2010). Una
aproximación al pensamiento político de Michel Foucault. Polis, 6(1),
13–42. https://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1870-23332010000100002
Fishman, D. (2000). El
camino del líder: Historias ancestrales y vivencias personales. Universidad
Peruana de Ciencias Aplicadas. https://es.slideshare.net/slideshow/30-el-camino-del-lder-david-fischmanpdf/251589789
Foucault, M. (2020).
El orden del discurso. Austral.
Goffman, E. (1997). La presentación de la persona en la vida cotidiana. Amorrortu Editores. https://www.academia.edu/6339548/Goffman_Erving_La_presentacion_de_la_persona_en_la_vida_cotidiana
Rizo García, M. (2011). De personas, rituales y máscaras: Erving Goffman y sus aportes a la comunicación interpersonal. Quórum Académico, 8(15), 78–94. Universidad del Zulia.

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