La
gestión, en sentido bastante amplio, se nos presenta como un proceso coordinado
de recursos (humanos y materiales) y actividades conducentes a objetivos. Los mismos,
(recursos y actividades) que se integran e interrelacionan de modo esencial con
el entorno, las estructuras orgánicas internas de otros procesos, y los
productos que se obtienen y/o desean obtener.
El
estudio de la gestión, tiene ya más de una centuria de existencia, y son
múltiples y diversas las escuelas y enfoques que se han derivado de ella, en
función de su aplicación específica a áreas determinadas.
Nuestro interés particular
recae en la aplicación de la gestión a la educación:
La
gestión educativa busca aplicar los principios generales de la gestión al campo
específico de la educación. Su objetivo es estudiar la organización del trabajo
en dicho campo y está determinada por el desarrollo de las teorías generales de
ambos campos.
Pero
no se trata de una disciplina teórica. Su contenido disciplinario responde
tanto a los fundamentos de la gestión como a la cotidianidad de su práctica;
esta última obedece a los principios generales de la gestión y de la educación.
Hablamos, en ese sentido, de una disciplina aplicada, de un campo de acción.[1]
Dicho
de otro modo, la gestión educativa tiene entre sus componentes y objetivos la
formación y el desarrollo de capacidades en seres humanos (estudiantes, directivos,
docentes, padres de familia y comunidad). En tal sentido, se encuentra en la
necesidad de plantearse el estudio y evaluación cotidiana de sus logros e interacciones,
procesos y resultados.
En resumidas cuentas, el aprendizaje
marca la orientación y desarrollo de la gestión cerrando el círculo entre esta
y educación. Una organización exitosa es la que puede aprender eficazmente,[2]
nos dice Arie
de Geus.
A ello hay
que agregarle lo que ya Rosa María Torres, nos advertía años atrás, en 12 Tesis para el Cambio Educativo, acerca
de la necesidad de vincular escuela con comunidad:
La necesidad de “abrir la
escuela” a la comunidad y a la sociedad es un viejo planteamiento y una vieja
aspiración. Hoy, dicha aspiración ha pasado a ser, contradictoriamente, a la
vez una realidad y una necesidad para la escuela pública latinoamericana: (a)
realidad porque la escuela viene de hecho absorbiendo funciones sociales
compensatorias que no le corresponden, o bien no asumiéndolas, pero en
cualquier caso luchando por subsistir en sociedades económica y socialmente
injustas; (b) necesidad porque se han diversificado las herramientas y los
espacios de aprendizaje fuera de la escuela, lo que vuelve indispensable trazar
el mapa de necesidades de aprendizaje de la población y distribuirlo
colaborativamente entre las diversas instituciones y espacios de aprendizaje
que están disponibles en la sociedad. En lugar de aislarse, la escuela necesita
más que nunca definir su especificidad pero abriéndose a la comunidad y a la
sociedad, asumiéndose como centro de aprendizaje comunitario y motor del
desarrollo local.
Es indispensable volver a
vincular escuela, familia y comunidad, en una relación multidimensional y compleja,
no de una sola vía (qué pueden hacer los padres de familia o la comunidad por
la escuela), sino de doble vía (qué puede hacer la escuela por los padres de
familia y por la comunidad y a la inversa) y conjuntamente (qué pueden hacer
todos ellos juntos para asegurar la educación para todos y el desarrollo
humano). Es aquí donde resulta útil pensar en un concepto articulador y con un
fuerte potencial transformador como el de Comunidad de Aprendizaje[3].
Sin embargo,
frente al debate teórico y epistemológico, esta concepción adolece de cierta
insuficiencia para entender y desenvolverse en un complejo entramado como es nuestra
realidad:
La comunicación, la fluidez y
reciprocidad de las conexiones y la potenciación de los recursos forman parte
de las redes de interconexiones de los diferentes actores comunitarios. No se
trata aquí de una apertura de la escuela a la comunidad o de una interacción
entre la escuela y la comunidad sino de una red de relaciones a la que la
escuela, la familia y otras organizaciones pertenecen, al estar en una misma
comunidad[4].
Esta
apreciación holística y sistémica acerca de nuestra realidad, la podemos
encontrar en el concepto estratégico y operativo de lo socioeducativo, que derivaría de una comprensión más
amplia de lo social y de lo educativo. Así pues, lo educativo no está al margen de lo social; y
así como ha de responder a directrices políticas de estado, también trasciende su acción e
influencia a la configuración de la sociedad.
Por su parte
Cecilia Pereda ha traído a colación la teoría de los sistemas sociales
complejos de Niklas Luhmann para describir esta relación entre escuela y comunidad,
deslindando con el viejo predicamento en que nos ubicó el pensamiento moderno:
El hecho es que la sociedad se
encuentra funcionalmente diferenciada, y estas funciones son asumidas como
patrimonio exclusivo de sectores particulares, aunque a la larga tenga que
confiar la inclusión social a la regulación autónoma de cada uno de los
sistemas funcionales…[5]
Esta
diferenciación funcional de la sociedad, no nos permite percibir de manera adecuada
las formas orgánicas de existencia social; cuando debemos concebir la escuela como una
organización compleja, parte del sistema social existente. Debemos tener
siempre presente que la escuela prepara para la vida y su esencial labor
consiste en preparar a sus estudiantes para una integración social plena. En
consecuencia la escuela y la comunidad se observan a sí mismas y entre ellas
establecen una relación recíproca, aunque en la mayoría de casos se desenvuelva
en conflicto.
A partir de esta concepción es pertinente examinar las
relaciones entre el centro educativo y la comunidad. El problema, al fin y al
cabo siendo estructural, implica abordarlo de manera sistémica, y su corolario ha
de ser la praxis social participativa.
Para ello es necesario
reconocer que en toda organización humana hay una diversidad de posiciones e
intereses; y conferirle legitimidad a la gestión de la misma, implica dar
cabida a todas las posturas, escuchar todas las voces y respetar sus
decisiones. En tal sentido, toda gestión socioeducativa demanda en lo
fundamental ser participativa. De
allí que sea necesario favorecer “dinámicas
autónomas de cambio”[6]
en las organizaciones e instituciones que posibiliten el aprendizaje de sí mismas[7]
para resolver problemas de su entorno.
Por otro lado, el conocimiento de las diferentes realidades y
sus problemáticas es otro requisito fundamental para el desarrollo de la gestión
socioeducativa, la misma que ha de promover la valoración de esas
diferencias culturales y prestar atención a las relaciones de desigualdad y a
las asimetrías de poder para conjurarlas; de otro modo no se posibilitarán
aprendizajes, y menos fundar organizaciones que aprendan y capaciten a sus
participantes en identificar, revelar y enmendar escenarios de exclusión.
Los centros educativos, en
relación con sus comunidades, han de ser espacios en los que las desigualdades
sociales sean reducidas al máximo, otorgando mayores oportunidades y
empoderamiento a sus miembros, afirmando su identidad y formando ciudadanía, es
decir, sujetos de deberes y derechos, con autoridad y debidamente capacitadas
por propia experiencia en la gestión de sus instituciones. Alcanzar el objetivo
de morigerar las desigualdades sociales parte de la proyección social de sus
capacidades fortalecidas, logrando posibilitar el acceso del sector de la
población más deprimida a las herramientas básicas que le facilitarán su
desenvolvimiento en la vida cotidiana mejorando la calidad de la misma[8].
De tal suerte, que las relaciones significativas con el entorno local busquen
transformar las instituciones educativas participantes en organizaciones que
lideren y encabecen el desarrollo de sus comunidades.
Si
consideramos finalmente que “la gestión trata de la acción humana…”,[9]
tal como refiere Casassus; la gestión socioeducativa ha de promover como
pilares la interacción de las personas, en la relación escuela y la comunidad, basada
en correctos procesos de comunicación que desemboquen en compromisos asumidos con
la organización y su participación activa en función de concretar el objetivo de
mejorar la calidad
de vida de los niños, a través del desarrollo de los aprendizajes; el mismo que
contribuirá a desarrollar
las diferentes dimensiones sociales de sus comunidades.
Erick Robles Moran
03 de abril 2013
[1]
CASASSUS, Juan. La gestión educativa en América Latina: problemas y paradigmas.
[2] DE GEUS, Arie. La empresa viviente. Buenos Aires.
Ediciones Granica. 1997.
[3] TORRES, Rosa María. 12 Tesis para el cambio educativo. Fe y Alegría. 2005.
[4] DABAS, Elina Nora. Redes sociales, familias y escuela.
Buenos Aires. Paidós. 1998.
[5] PEREDA, Cecilia. Escuela y comunidad. observaciones desde la teoría de
sistemas sociales complejos.
[6] BOLIVAR, Antonio. Los centros educativos que aprenden: una
mirada crítica. En: Contexto Educativo. Revista digital de educación y
nuevas tecnologías. Año III. Nº 18.
[7] SENGE, Peter. La quinta disciplina. el arte y la práctica
de la organización abierta al aprendizaje. Barcelona. Ediciones Granica.
1990.
[8] CASASSUS,
Juan. La escuela y la des(igualdad). Santiago
de Chile. Lom Ediciones. 2003.

No hay comentarios:
Publicar un comentario